Hay pocas historias en el deporte tan poéticamente accidentales como el origen del halfpipe en el snowboard. No fue el resultado de un estudio de ingeniería deportiva ni de un proyecto federativo. Fue el hallazgo casual de unos jóvenes con tablas que encontraron una zanja llena de nieve con la forma perfecta para lo que querían hacer.
La acequia que cambió todo
A finales de los años 70, Tom Sims —uno de los pioneros del snowboard, que desarrolló sus tablas de manera paralela a Jake Burton— y sus compañeros de sesión descubrieron en el área de Tahoe, California, una acequia de irrigación con perfil semicircular cubierta de nieve. La forma era idéntica a la de los halfpipes que los skaters usaban en el asfalto. La conclusión era obvia: si funcionaba sobre ruedas, funcionaría sobre nieve.
Las primeras sesiones en esa acequia improvisada produjeron imágenes que hoy parecen sacadas de otra época: snowboarders en ropa de esquí de colores estridentes ejecutando giros y saltos básicos en una zanja de riego. Pero el potencial era evidente para cualquiera que lo viera.
De la zanja al ingeniería de precisión
Los primeros halfpipes construidos específicamente para el snowboard no eran más que trincheras excavadas con palas en las laderas de las montañas. Con el tiempo, llegaron las máquinas pisteras especializadas —las “pipe dragons”— capaces de esculpir paredes perfectamente simétricas con la curvatura exacta que los riders necesitaban.
Hoy, un halfpipe olímpico es una obra de ingeniería de precisión milimétrica. Las paredes deben tener entre 6,7 y 7,3 metros de altura, el canal debe tener un ángulo de entre 16 y 18 grados y el radio de curvatura debe ser perfectamente constante para que los riders puedan predecir exactamente cuánta velocidad ganarán en cada pasada. Construir un halfpipe de competición lleva días de trabajo con maquinaria especializada y puede costar decenas de miles de euros.
Récords en el tubo
Las alturas que alcanzan los mejores riders de halfpipe por encima del labio de las paredes desafían la lógica. En competiciones de élite, los riders salen regularmente entre 4 y 6 metros por encima del borde superior de una pared de casi 7 metros. Eso significa que en el punto más alto de su vuelo están a más de 12 metros del suelo.
Shaun White, quizás el halfpipe rider más famoso de la historia, fue conocido por su capacidad de alcanzar alturas desmesuradas que le daban el tiempo de giro necesario para ejecutar los trucos más difíciles. Su victoria en los Juegos de Vancouver 2010, con una puntuación de 48,4 sobre 50, sigue siendo una de las actuaciones más perfectas de la historia del halfpipe.
Un deporte dentro del deporte
Lo fascinante del halfpipe es que, dentro del snowboard, ha generado su propia subcultura, con sus propios ídolos, su propio vocabulario y su propio sentido estético. Los riders de halfpipe son los gimnastas del snowboard: la precisión técnica, la altura, la limpieza de ejecución y la dificultad de los giros son los parámetros que separan lo bueno de lo extraordinario. Todo eso, empezando por una acequia de riego en California.