En 1977, un joven de 23 años llamado Jake Burton Carpenter dejó su trabajo en Nueva York, se mudó a un granero en Vermont y empezó a fabricar tablas de madera para deslizarse por la nieve. Tenía 300 dólares en el banco, un par de herramientas básicas y una convicción que sus contemporáneos consideraban excéntrica: que algún día todo el mundo querría montar en snowboard. Tardó más de una década en que le dieran la razón.
El padre olvidado: el snurfer
Antes de Burton, hubo un ingeniero de Michigan llamado Sherman Poppen que en 1965 ató dos esquís juntos para que su hija pudiera deslizarse por la nieve de pie. Lo llamó “snurfer” (de “snow surfer”) y patentó el diseño. En su mejor momento, el snurfer vendió un millón de unidades al año. Pero Poppen nunca lo desarrolló más allá de un juguete.
Fue Burton quien vio el potencial real. Compró uno de esos snurfers, lo estudió, lo desmontó y empezó a rediseñarlo desde cero. Añadió fijaciones para los pies, experimentó con distintos materiales, probó diferentes formas de tabla y geometrías de canto. Cada temporada de nieve era un laboratorio de pruebas.
Las puertas cerradas
El problema era que las estaciones de esquí no querían saber nada del snowboard. Los argumentos eran siempre los mismos: los snowboarders son peligrosos, no saben esquivar a los esquiadores, dañan la nieve. En realidad, detrás de muchas prohibiciones había un componente cultural: el snowboard llegó asociado a la cultura skater y surfera, con su estética rebelde y su falta de reverencia por el protocolo de las pistas.
Para 1985, casi todas las estaciones importantes de Estados Unidos prohibían expresamente el snowboard. Según cifras de la industria, en 1990 menos del 7% de los resorts americanos lo permitían. Burton pasó esos años fabricando, mejorando, compitiendo en eventos organizados en terrenos privados y convenciendo uno a uno a los propietarios de estaciones de que sus riders no eran un peligro sino una oportunidad de negocio.
El giro de la marea
El cambio llegó de manera gradual a partir de mediados de los 80, cuando los snowboarders empezaron a ganar en evidencia que no eran más peligrosos que los esquiadores y que atraían a un público joven que de otra forma no habría pisado una pista de esquí. Stowe, Vermont, fue una de las primeras estaciones grandes en abrir sus puertas al snowboard, y su ejemplo fue seguido por otras.
En 1998, el snowboard debutó en los Juegos Olímpicos de Nagano. Era el reconocimiento definitivo que Burton había esperado dos décadas. La empresa que fundó con 300 dólares en un granero se convirtió en la marca de snowboard más reconocida del mundo.
Un legado sin igual
Jake Burton Carpenter falleció en noviembre de 2019, a los 65 años, tras una lucha contra el cáncer. Dejó una industria que mueve miles de millones de dólares al año y un deporte practicado por más de ocho millones de personas en todo el mundo. Irónicamente, Sherman Poppen, el inventor del snurfer, nunca vio retornos reales de su creación más allá de la patente original. El mundo, a veces, no premia al pionero sino al que tiene la terquedad de llevarlo hasta el final.