Cuando la mayoría del mundo piensa en snowboard, piensa en los halfpipes olímpicos, en los kickers del slopestyle o en los parques de nieve de las estaciones de esquí. Pero hay otra forma de entender el snowboard que existe en paralelo al circuito competitivo convencional y que para muchos practicantes representa la esencia más pura del deporte: el snowboard de montaña, el freeride, la búsqueda de la nieve virgen lejos de las pistas preparadas y las rampas artificiales.
Esta vertiente del snowboard no nació de una federación ni de una competición televisada. Nació de snowboarders que miraban las montañas más allá de los límites de las estaciones y se preguntaban: ¿y si bajamos por ahí?
La filosofía del freeride: la montaña como pista
El freeride es una actitud antes que una modalidad deportiva. El rider de freeride no busca el truco más difícil ni la puntuación más alta: busca la línea más elegante por un terreno que nadie ha pisado antes. La nieve virgen, las pendientes empinadas, los cortados de roca y los bosques nevados son los elementos de su campo de juego.
Esta filosofía conecta el snowboard de montaña con la tradición del esquí alpinismo y del esquí de travesía, dos disciplinas que también buscan la montaña en su estado más natural. Pero el snowboard aporta algo diferente: un estilo de movimiento más fluido, más centrado en el cuerpo y en la relación con la nieve que en la velocidad pura. Los mejores riders de freeride parecen surfear la montaña en lugar de descenderla.
El splitboard: subir para bajar
El splitboard es el instrumento que permite al snowboarder acceder a la montaña sin depender de medios mecánicos. Dividida en dos mitades que funcionan como esquís de travesía con pieles de foca adheridas a su base, la tabla permite escalar pendientes de montaña en ascensión. Una vez en el punto de bajada, las dos mitades se unen y vuelven a formar una tabla de snowboard convencional.
La práctica del splitboard, también llamada backcountry snowboarding, combina el esfuerzo físico considerable de la ascensión a pie con el placer de la bajada en nieve sin huellas. Es una experiencia radicalmente diferente a la del snowboard de pista: más silenciosa, más íntima, más dependiente de la lectura del terreno y del conocimiento de la montaña. También más peligrosa, dado que las zonas de backcountry implican riesgos de aludes que requieren formación específica y equipo de seguridad.
El Freeride World Tour: competir en la montaña real
Para los que quieren medir su habilidad en el freeride de forma competitiva, el Freeride World Tour (FWT) es el circuito de referencia. Los competidores descienden por laderas vírgenes elegidas específicamente por su dificultad y espectacularidad: pendientes de más de cuarenta grados, corredores entre rocas, cortados verticales y pequeñas cascadas de nieve helada.
Un jurado puntúa cada bajada según criterios que difieren radicalmente de los del snowboard olímpico: la línea elegida (¿ha pasado por las zonas más difíciles?), el control (¿ha mantenido la fluidez sin caídas?), la fluidez del movimiento y los saltos ejecutados. El resultado es un formato competitivo que convierte la montaña en un juez más severo que cualquier reglamento oficial.
Las paradas del FWT incluyen algunos de los escenarios más míticos del alpinismo y el esquí de montaña: Chamonix (Francia), Verbier (Suiza), Revelstoke (Canadá) y Kicking Horse (Canadá). Los riders que ganan en estos escenarios pertenecen a un mundo completamente diferente al de los medallistas olímpicos de halfpipe, aunque comparten la misma tabla y el mismo amor por la nieve. Son los exploradores del snowboard, los que cada temporada se preguntan qué hay más allá de las últimas pistas marcadas de la estación.