En julio de 2005, el Comité Olímpico Internacional votó en Singapur una de las decisiones más polémicas de la historia reciente del deporte: la exclusión del béisbol y el softbol del programa olímpico a partir de los Juegos de Londres 2012. La noticia fue un golpe brutal para la comunidad del softbol internacional, y la paradoja que dejó al descubierto es todavía difícil de explicar de manera satisfactoria.
Los números que no importaron
En el momento de la votación de exclusión, el softbol contaba con más de 65 millones de practicantes registrados en más de 110 países. Era, y sigue siendo, uno de los deportes de equipo más practicados del mundo, superando en número de practicantes a deportes que permanecieron en el programa olímpico sin ninguna discusión.
En Estados Unidos, el softbol es el deporte de equipo con mayor número de practicantes activos después del béisbol. En Japón, genera audiencias televisivas masivas y tiene ligas corporativas con docenas de equipos. En América Latina, el Caribe, Australia y varias naciones de Europa, el softbol tiene ligas organizadas, federaciones nacionales activas y programas de base en escuelas.
Ninguno de estos números convencieron al COI.
Las razones oficiales
El COI argumentó principalmente dos razones para la exclusión conjunta del béisbol y el softbol:
Para el béisbol: la no participación de los mejores jugadores del mundo. Los jugadores de la Major League Baseball (MLB) no acudían a los Juegos Olímpicos porque su temporada regular transcurría en paralelo. Sin los mejores jugadores del mundo, el torneo olímpico de béisbol no era el mejor béisbol del mundo.
Para el softbol: la razonabilidad de la decisión de excluirlo junto al béisbol al ser deportes “relacionados”, y la supuesta concentración del deporte en pocos países (principalmente Estados Unidos). El COI consideraba que el softbol no tenía la distribución global suficiente para justificar su presencia olímpica.
La ironía de los deportes que entraron
Lo que hizo especialmente incomprensible la exclusión del softbol fue compararlo con los deportes que ingresaron al programa olímpico para reemplazarlo. Para los Juegos de Londres 2012 se incorporaron el golf y el rugby 7.
El golf, que en 2005 era un deporte con una imagen de élite y aristocrática, practicado predominantemente en países ricos, sin ninguna presencia olímpica histórica y con una distribución global bastante similar a la del softbol, entró al programa olímpico porque sus mejores jugadores del mundo confirmaron que participarían. La razón era económica: el golf de élite genera patrocinios millonarios y audiencias televisivas de alto valor para los anunciantes.
El mensaje no podía ser más claro: lo que el COI valoraba no era el número de practicantes ni la tradición del deporte, sino el perfil económico de sus estrellas y su atractivo para los patrocinadores televisivos.
El coste de la exclusión
Los doce años sin olimpiadas fueron devastadores para el softbol profesional. Sin la plataforma olímpica, el deporte perdió visibilidad mediática, patrocinadores y financiación. La NPF americana sobrevivió pero con salarios que bajaron. El softbol desapareció de los informativos deportivos durante años.
Las jugadoras más afectadas fueron las de los países donde el softbol no tiene ligas profesionales potentes: para una jugadora de Australia, Italia o Venezuela, los Juegos Olímpicos eran el único escenario donde podían ser vistas por una audiencia global. Sin los Juegos, su deporte dejó de existir para el gran público.
El regreso y la lección aprendida
El retorno del softbol en Tokio 2020 demostró que la exclusión había sido un error. El torneo fue uno de los más seguidos de los Juegos, especialmente en Japón. Y el softbol regresó para París 2024, consolidando su presencia olímpica. Pero la cicatriz de doce años de exclusión sigue siendo visible en el deporte, que tuvo que reconstruir parte de la infraestructura que había perdido.
La historia de la exclusión del softbol es hoy un caso de estudio en los círculos de gestión deportiva sobre cómo las decisiones de los organismos internacionales pueden tener consecuencias profundas e inesperadas sobre deportes y comunidades que dependen de esa visibilidad para sobrevivir.