El sumo no es simplemente un deporte: es una forma de contacto con lo sagrado. Desde sus orígenes mitológicos hasta los rituales modernos de cada basho, el sumo ha mantenido su conexión con el sintoísmo de una forma que ningún otro deporte del mundo ha preservado.
Los orígenes sagrados
Los textos más antiguos de la historia japonesa, el Kojiki y el Nihon Shoki, narran el origen del sumo como un combate entre dioses. Esta genealogía divina no es simplemente una historia fundacional: ha moldeado la forma en que el sumo se ha entendido y practicado durante más de dos mil años. El sumo no nació como entretenimiento ni como ejercicio: nació como ritual.
Los primeros combates de sumo históricos, anteriores a la era profesional, se realizaban en los recintos de los santuarios sintoístas. Los luchadores competían ante los kami para pedir buenas cosechas, para solicitar la bendición divina para el gobernante o para pedir protección frente a calamidades. El dohyo era literalmente un altar.
El dohyo como espacio sagrado
El dohyo moderno preserva su carácter sagrado de múltiples formas. La ceremonia del dohyo-matsuri consagra cada nuevo dohyo antes de que los combates comiencen. Las ofrendas enterradas bajo el centro (arroz, sal, algas, nueces, tinta) son ofrendas a los kami de la tierra. La tawara (la cuerda del límite) tiene el mismo tipo de cuerda que se usa en los templos sintoístas para delimitar los espacios sagrados.
La prohibición de que las mujeres suban al dohyo es también una consecuencia directa de su condición de espacio sagrado: en el sintoísmo tradicional, determinados espacios tienen normas de pureza que limitan quién puede acceder a ellos.
Los rituales como plegaria
Los rituales de los rikishi antes de los combates no son meros protocolos deportivos: son genuinamente actos de plegaria. Lanzar la sal purifica el espacio y pide protección. El shiko de pisada fuerte ahuyenta los espíritus malignos. El enjuague bucal con el agua de la fuerza invoca la energía de los ganadores anteriores. El dohyo-iri del yokozuna es la oración más elaborada, con sus movimientos solemnes ante la mirada de los kami.
Los grandes santuarios del sumo
Varios santuarios sintoístas tienen una relación especial con el sumo. El Gran Santuario de Yoshida en Kioto fue históricamente el responsable de otorgar las licencias de yokozuna (los pergaminos de investidura). El Santuario de Kasuga en Nara, uno de los más antiguos de Japón, tiene una larga tradición de celebrar sumo ritual. Y el barrio de Ryogoku en Tokio, donde se concentra el mundo del sumo profesional, está lleno de pequeños santuarios vinculados a las heya y a sus tradiciones.
La hinkaku: la dignidad como valor espiritual
El concepto de hinkaku, la dignidad del yokozuna, es también un valor con raíces espirituales. Un yokozuna no solo debe ganar: debe ser un modelo de conducta que encarne los valores del sumo. Esta expectativa va mucho más allá de los resultados deportivos y se acerca a la idea del kami-no-michi (el camino de los dioses) del sintoísmo: un camino de pureza, rectitud y conexión con lo sagrado que se espera de quien ocupa el rango supremo.