El taekwondo es quizás el proyecto de diplomacia cultural deportiva más exitoso de la historia moderna. Lo que comenzó como la codificación de las artes marciales tradicionales coreanas en los años 50 se convirtió, en apenas cuatro décadas, en uno de los deportes más practicados del planeta, con presencia en más de 210 países. Detrás de ese logro hay una estrategia deliberada del Estado surcoreano que pocos países han replicado con tanta eficacia.
La apuesta de Corea del Sur por el taekwondo no fue accidental. Tras la guerra de Corea (1950-1953) y en plena reconstrucción económica, el gobierno vio en el arte marcial una oportunidad doble: fortalecer la identidad nacional y proyectarse al exterior. La fundación de la Korea Taekwondo Association en 1961 y, doce años después, de la Federación Mundial de Taekwondo en 1973, fueron movimientos políticos tanto como deportivos.
La máquina de expansión: instructores por el mundo
El instrumento clave de la internacionalización fue el envío masivo de instructores. El gobierno surcoreano, a través de distintos organismos estatales y con la colaboración del ejército, financió el desplazamiento de maestros de taekwondo a países de América Latina, África, Oriente Medio y el sudeste asiático. Estos instructores no solo enseñaban un deporte: también actuaban como embajadores culturales, a menudo estableciéndose permanentemente en sus países de destino.
En países como Brasil, Argentina, México, Senegal o Indonesia, el taekwondo arraigó con una fuerza que superó las expectativas. Las razones eran múltiples: era un deporte relativamente barato de practicar, con un sistema de grados claro y motivador, y con una filosofía que resonaba en culturas diversas. Para las décadas de 1980 y 1990, muchos de estos países ya contaban con federaciones nacionales propias y competían en torneos internacionales.
Los Juegos Olímpicos de Seúl: el momento decisivo
El punto de inflexión definitivo llegó con los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, donde el taekwondo fue incluido como deporte de demostración. Que los Juegos se celebraran en Corea del Sur no fue irrelevante: el país anfitrión aprovechó la vitrina olímpica para mostrar el taekwondo al mundo entero. Doce años después, en los Juegos de Sídney 2000, el taekwondo se convirtió en deporte olímpico de pleno derecho, con cuatro categorías de peso masculinas y cuatro femeninas.
Este reconocimiento olímpico aceleró aún más la expansión. Países que apenas conocían el deporte crearon programas nacionales con la vista puesta en los Juegos. El taekwondo se convirtió para muchas naciones en una de las mejores oportunidades de conseguir medallas olímpicas, especialmente en los primeros años cuando la competencia era menos intensa.
El peso político dentro de World Taekwondo
Corea del Sur ha mantenido históricamente una influencia dominante dentro de World Taekwondo, con sede en Seúl, en el Kukkiwon. El Kukkiwon, inaugurado en 1972, es el centro técnico mundial del taekwondo y la institución que certifica los cinturones negros en todo el planeta. Cada año, miles de practicantes de decenas de países envían sus expedientes al Kukkiwon para obtener un dan (grado de cinturón negro) con validez internacional.
Esta centralización ha generado ocasionalmente tensiones con otras federaciones y estilos, pero también ha garantizado una coherencia técnica global que ha facilitado la expansión del deporte. El taekwondo coreano, en su versión olímpica, ha sido capaz de presentarse al mundo como un sistema unificado y reconocible, algo que deportes de combate con mayor antigüedad no siempre han logrado.
Un legado cultural que trasciende el deporte
Hoy el taekwondo es mucho más que un deporte olímpico. Es el mayor activo de la diplomacia blanda surcoreana en el ámbito deportivo, un complemento del fenómeno hallyu (ola cultural coreana) que incluye el K-pop, el cine y los videojuegos. En escuelas de todo el mundo, millones de niños aprenden coreano básico al aprender taekwondo: los nombres de las técnicas, los saludos, los términos de los poomsae. Corea del Sur exportó un arte marcial y, con él, un pedazo de su cultura.