Martina Navratilova es, en términos estadísticos, la tenista más laureada de la historia. Sus 59 títulos de Grand Slam contando individuales, dobles y dobles mixtos no tienen parangón en el deporte, y sus 18 títulos en individuales la sitúan entre las tres o cuatro mejores de todos los tiempos. Nacida en Praga en 1956, su historia abarca dos países, dos épocas del tenis y décadas de debate sobre si fue la mejor que pisó alguna vez una pista.
Origen y la difícil decisión de pedir asilo
Martina Šubertová, que adoptó el apellido de su padrastro Mirek Navrátil, nació el 18 de octubre de 1956 en Praga, Checoslovaquia. Creció jugando al tenis en la antigua Checoslovaquia, donde fue campeona nacional juvenil y llamó la atención del circuito profesional desde muy joven. Con dieciocho años ya era una de las mejores jugadoras del mundo.
En 1975, durante el Abierto de Estados Unidos, pidió asilo político en Nueva York. Esa decisión le costó años sin poder volver a ver a su familia y supuso un sacrificio personal enorme, pero le abrió las puertas al circuito profesional occidental y a un nivel de entrenamiento que en Checoslovaquia no habría sido posible. Se naturalizó ciudadana estadounidense en 1981.
La transformación física: la revolución del entrenamiento
Lo que Navratilova hizo con su cuerpo en los años setenta y ochenta no tenía precedente en el tenis femenino. Trabajó con preparadores físicos, nutricionistas y psicólogos deportivos en una época en que la mayoría de tenistas entrenaban exclusivamente golpeando pelotas. Desarrolló una musculatura y una resistencia aeróbica que la diferenciaban visiblemente de sus rivales en pista.
Ese programa de entrenamiento integral fue el modelo que siguió el tenis femenino en las décadas siguientes, y es considerado uno de sus legados más duraderos. Antes de Navratilova, las tenistas no levantaban pesas. Después de ella, no había manera de competir al más alto nivel sin hacerlo.
Los nueve Wimbledon: la reina de la hierba
La hierba de Wimbledon fue el escenario en que Navratilova brilló con más intensidad. Ganó el torneo del All England Club en nueve ocasiones: 1978, 1979, 1982, 1983, 1984, 1985, 1986, 1987 y 1990. Seis de esos títulos llegaron de forma consecutiva entre 1982 y 1987, un dominio que no tiene equivalente en la historia de Wimbledon en el siglo XX.
Su juego en hierba era devastador. El saque-volea, que Navratilova ejecutaba con una precisión y una velocidad que pocas jugadoras han igualado, encontraba en esa superficie el entorno ideal: los botes bajos favorecían su juego de red y reducían las opciones de sus rivales de construir el punto desde el fondo.
La rivalidad con Chris Evert: la mejor de la historia
La rivalidad entre Navratilova y Chris Evert es considerada por muchos expertos la más grande en la historia del tenis femenino. Se enfrentaron en 80 ocasiones, con un balance de 43-37 a favor de Navratilova. Las dos amigas-rivales dominaron el tenis femenino de manera prácticamente conjunta durante toda la década de los ochenta, y sus finales de Grand Slam definieron una era.
El contraste estilístico era absoluto: Evert, la especialista de fondo con la derecha más consistente del circuito; Navratilova, la atacante que buscaba el punto en la red. Su dinámica en pista fue un laboratorio táctico que enriqueció el tenis femenino de maneras que todavía se estudian.
Longevidad y legado
Navratilova ganó su último título de individuales en la WTA con 37 años y su último Grand Slam de dobles mixtos en el Abierto de Estados Unidos en 2006, a los 49 años. Su carrera activa abarcó más de tres décadas, una longevidad sin precedentes en el tenis de élite.
Fue número 1 del mundo durante 332 semanas y fue la primera tenista en ganar más de un millón de dólares en premios. Su impacto trasciende los resultados deportivos: su visibilidad como mujer abiertamente homosexual en los años ochenta y su activismo posterior la convirtieron en una figura de referencia mucho más allá del deporte.