Roger Federer es para millones de aficionados al tenis el jugador más bello que el deporte ha producido, y para la mayoría de los analistas uno de los dos o tres tenistas más grandes de la historia. Nacido el 8 de agosto de 1981 en Basilea, Suiza, ganó 20 títulos de Grand Slam, pasó 310 semanas como número 1 del mundo ATP y construyó una carrera de dos décadas que convirtió el tenis en un espectáculo de elegancia técnica sin precedentes.
Los inicios en Basilea: el niño con el raquetazo
Federer comenzó a practicar tenis a los ocho años en Basilea, donde vivía con su familia suizo-sudafricana. Desde niño mostró una facilidad para golpear la pelota que sorprendía a sus entrenadores: la manera en que su muñeca y su brazo trabajaban juntos para generar potencia y control simultáneamente parecía algo que no podía enseñarse sino que se traía de nacimiento.
Su progresión en las categorías junior fue brillante. Ganó el Junior de Wimbledon en 1998 y en 1999 se incorporó al tour profesional. Los primeros años en el circuito fueron una fase de aprendizaje y ajuste, pero en 2001 —cuando derrotó a Pete Sampras en Wimbledon en una actuación que dejó a todo el mundo sin palabras— quedó claro que el tenis había encontrado a su próximo rey.
El dominio en Wimbledon: ocho títulos en el templo del tenis
La relación de Federer con Wimbledon es la más especial de la historia del tenis. Ganó el torneo en ocho ocasiones, una cifra que nadie ha igualado en la era abierta y que solo iguala la marca histórica de Pete Sampras. Cada uno de esos títulos tiene su propia historia: el primero, en 2003, fue el primero de los Grand Slams de su carrera; el último, en 2017, llegó sin perder un set en todo el torneo y a los treinta y cinco años.
La hierba de Wimbledon se adaptaba perfectamente a las cualidades de Federer: su saque rápido y variado, su red game instintivo y su capacidad de encontrar ángulos inverosímiles con la derecha eran armas especialmente letales en esa superficie.
La rivalidad con Nadal: el dúo que elevó el tenis
La rivalidad entre Federer y Rafael Nadal es la más rica y emocionante que el tenis ha vivido. Sus 40 encuentros directos —con ventaja final para Nadal— produjeron algunas de las mejores actuaciones individuales y algunos de los partidos más emocionantes de la historia del deporte. La final de Wimbledon de 2008, que Nadal ganó en cinco sets después de más de cuatro horas y media de juego en condiciones de luz decreciente, está considerada por muchos el mejor partido de tenis de la historia.
Esa rivalidad también fue un motor para la evolución técnica y táctica de ambos jugadores: Federer tuvo que adaptar su juego para competir contra la intensidad y la potencia de la izquierda de Nadal, y esa adaptación lo hizo un mejor tenista del que habría sido sin ese rival.
El legado: tenis como arte
Roger Federer no solo ganó 20 Grand Slams. Cambió la percepción pública del tenis: lo convirtió en un deporte que audiencias sin conocimientos técnicos podían apreciar estéticamente, como se aprecia la música o la danza. Su retiro en 2022 fue el final de una era, y el tenis sigue buscando un jugador que combine talento, elegancia y personalidad con la misma maestría.