Antes de Rafael Nadal, antes de los catorce Roland Garros, antes de que la tierra batida parisina se convirtiera en propiedad casi exclusiva de Mallorca, hubo un barcelonés que fue el primero en plantar la bandera española en la cima del tenis mundial. Sergi Bruguera ganó Roland Garros en 1993 y 1994, fue el tercer mejor tenista del mundo y escribió los primeros capítulos de la historia de dominio español sobre la arcilla que marcaría el tenis de las décadas siguientes.
Barcelona, tierra de campeones
Sergi Bruguera nació el 16 de enero de 1971 en Barcelona. Su padre, Luis Bruguera, había sido también tenista profesional, lo que marcó desde el principio un entorno familiar volcado en el deporte. Sergi creció con la raqueta en la mano y con una formación técnica sólida que se construyó durante años de trabajo disciplinado.
Debutó en el circuito en los años ochenta y fue escalando posiciones con la constancia de quien sabe exactamente lo que quiere. Su juego estaba caracterizado por un potente topspin, una gran movilidad en la pista y una tenacidad competitiva que lo hacía especialmente difícil de derrotar sobre tierra batida. Aunque las pistas rápidas no eran su hábitat natural, en arcilla era una máquina de ganar partidos.
Dos Roland Garros consecutivos (1993-1994)
El año 1993 fue el de la confirmación. Bruguera llegó a Roland Garros como un serio candidato pero no como el gran favorito. En los cuartos de final eliminó al número uno del mundo, Pete Sampras, lo que fue una señal inequívoca de que aquella edición le pertenecía. En la final, derrotó a Jim Courier, doble campeón anterior del torneo, por 6-4, 2-6, 6-2 y 3-6, 6-3 en un partido emocionante. España celebró su primera victoria de un tenista masculino en Roland Garros con la intensidad de quien espera un momento así desde hace mucho tiempo.
Un año después, en 1994, Bruguera demostró que la primera victoria no había sido flor de un día. Volvió a Roland Garros como campeón defensor y llegó de nuevo a la final, donde se enfrentó al también español Alberto Berasategui en un duelo íntegramente ibérico. Los vencedores de esa final y la presencia de dos españoles entre los dos mejores del torneo era una señal de lo que estaba por venir: el tenis español de tierra batida iba a dominar Roland Garros durante décadas. Bruguera ganó 6-3, 7-5 y 2-6, 6-1 para levantar por segunda vez el trofeo parisino.
Ese mismo año alcanzó el número tres del ranking mundial, la cima de su carrera.
El estilo que definió una escuela
El juego de Bruguera fue, en muchos sentidos, el modelo sobre el que se construyó la escuela de tierra batida española. El trabajo intenso desde el fondo de la pista, el topspin elevado que hacía botar la bola a alturas incómodas para el rival, la capacidad para alargar el intercambio hasta encontrar el punto débil del oponente… todos esos elementos que después identificaríamos con el tenis español de élite los ejecutó Bruguera con una precisión y eficacia que lo situó entre los mejores del mundo.
No era un jugador de grandes golpes ganadores ni de saques dominantes, pero en tierra batida era extraordinariamente difícil de batir porque combinaba la consistencia con una mentalidad sólida. Perdía pocos puntos gracias a errores propios y sabía cómo construir el punto hasta crear la oportunidad para el golpe definitivo.
De jugador a capitán: el regreso por la puerta grande
Sergi Bruguera se retiró del circuito profesional en 2002, con una carrera que incluía los dos Roland Garros, el número tres del mundo y una participación destacada en la Copa Davis española. Lejos de desaparecer del tenis, encontró en el banquillo una segunda etapa profesional.
Trabajó como entrenador privado de varios jugadores del circuito y en 2016 fue nombrado capitán del equipo español de Copa Davis, sustituyendo a Álex Corretja. Al frente de la selección, Bruguera guió a España en distintas fases y fue testigo de cerca de la evolución del tenis español contemporáneo.
Su figura sigue siendo la de un pionero: el hombre que, cuando nadie esperaba que un español pudiera dominar Roland Garros, lo ganó dos veces seguidas y abrió una senda que Rafael Nadal convirtió en autopista.