El slice es el contrapunto táctico al topspin: mientras este busca el bote alto y profundo, el slice persigue mantener la bola baja, lenta y con poca profundidad de bote. Utilizado estratégicamente, interrumpe el ritmo del peloteo, fuerza al rival a golpear desde abajo —una posición incómoda para atacar— y puede ser la antesala de una subida a la red o de una dejada.
Técnicamente, el slice se ejecuta con la cara de la raqueta ligeramente abierta (inclinada hacia arriba) y un movimiento de arriba abajo en el momento del impacto. Este golpe imprime un efecto de retrorotación (backspin): la pelota gira en sentido contrario al de su desplazamiento. Al botar, esta rotación la frena y la mantiene cerca del suelo, sin el impulso hacia delante del topspin. En hierba, donde las bolas ya botan bajo de por sí, el slice puede ser devastadoramente efectivo.
Roger Federer convirtió el slice de revés en uno de los golpes más elegantes e impredecibles del tenis moderno: capaz de ejecutarlo tanto en situación defensiva como ofensiva, con profundidad o como dejada, lo usaba para controlar el ritmo del peloteo y preparar el ataque con la derecha. En el saque, el slice lateral —el que abre la bola hacia fuera de la pista— es arma habitual para los diestros en el lado del deuce y para los zurdos en el lado del ad, como exploitaban Rafael Nadal o Guillermo Coria en tierra batida.