El smash es el golpe más poderoso del tenis cuando el rival lanza un lob deficiente. Técnicamente hermano del saque —ambos se ejecutan con el brazo extendido hacia arriba en el punto de máximo alcance del swing—, el smash se diferencia en que se realiza sobre una pelota que ya está en el aire, procedente del adversario, lo que exige un reposicionamiento rápido y un timing muy ajustado.
Para ejecutar un buen smash, el jugador debe colocarse rápidamente debajo de la trayectoria de la bola, con el cuerpo de lado y el brazo libre apuntando hacia arriba para calibrar la distancia. El golpe debe producirse en el punto más alto posible para maximizar el ángulo de entrada y la velocidad. Un smash bien ejecutado desde cerca de la red es prácticamente imparable, ya que la combinación de potencia y ángulo no deja casi escapatoria al rival.
Las mayores dificultades del smash son el sol —que puede cegar al jugador en pistas al aire libre—, los lobos con topspin que cambian de trayectoria y los smashes que deben ejecutarse retrocediendo a toda velocidad. Jugadores como Pete Sampras eran famosos por su capacidad de smashear incluso en estas condiciones extremas. El smash fallado en un momento clave —dejar pasar la bola, errar en la red o mandarla larga— es uno de los errores más frustrantes del tenis, pues se produce en una situación aparentemente ganada.