El tie-break nació como solución al problema de los sets interminables que podían prolongarse durante horas sin un resultado definitivo. Fue introducido en el circuito profesional en los años 70 y desde entonces se ha convertido en uno de los momentos más intensos y dramáticos del tenis: concentra la tensión de todo un set en un juego de apenas 13 puntos (en el caso mínimo de resolverse 7-0).
Durante el tie-break, la puntuación cambia de sistema: se abandona la numeración 15-30-40 y se cuenta de uno en uno. El saque rota cada dos puntos para evitar que el mismo jugador sirva consecutivamente durante mucho tiempo. Los jugadores cambian de lado cada seis puntos para igualar las condiciones de viento y sol. La presión psicológica es máxima: cualquier punto puede ser el que decante el set, por lo que la concentración y la gestión de los nervios son tanto o más importantes que la calidad técnica.
Algunos de los tie-breaks más memorables de la historia del tenis incluyen el de la final de Wimbledon 2009 entre Roger Federer y Andy Roddick, que llegó a 16-14. El torneo de Wimbledon mantuvo durante décadas la tradición de no jugar tie-break en el set final, lo que propició el set más largo de la historia: John Isner vs. Nicolas Mahut en 2010, con un último set de 70-68.