Carl Lewis: el atleta del siglo XX
En 1999, el Comité Olímpico Internacional convocó a una comisión de expertos para elegir al “Atleta del Siglo XX”. La respuesta fue Carl Frederick Lewis, de Birmingham, Alabama. Una elección que puede discutirse —Muhammad Ali, Pelé y Babe Ruth también fueron considerados— pero que en el atletismo era difícilmente rebatible.
Nueve oros olímpicos. Ocho Campeonatos del Mundo. Dieciséis años en la élite absoluta. Y la capacidad de dominar simultáneamente dos pruebas completamente diferentes: el esprint de 100 metros y el salto de longitud. Una carrera sin precedentes en el atletismo moderno.
Birmingham a Houston: los primeros pasos
Carl Lewis nació el 1 de julio de 1961 en Birmingham, Alabama. Su familia se mudó a Willingboro, New Jersey, donde sus padres entrenaban atletas. Su hermana Carol Lewis también fue saltadora de longitud de nivel mundial. El atletismo era el idioma familiar.
Estudió en la Universidad de Houston bajo la dirección de Tom Tellez, quien refinó su técnica tanto en sprint como en salto de longitud. La combinación era inusual pero tenía sentido biomecánico: los mejores saltadores de longitud son casi siempre excelentes velocistas, ya que la velocidad de carrera antes del salto es el factor determinante del vuelo.
Los Ángeles 1984: cuatro oros en cuatro días
Lewis llegó a los Juegos de Los Ángeles 1984 con 22 años como el gran favorito, herededero declarado de Jesse Owens. Lo que hizo en esos diez días de agosto superó todas las expectativas:
- 100m: oro con 9.99 (+1.1 m/s)
- Longitud: oro con 8,72 metros (pudo haber saltado más lejos pero rechazó intentos para ahorrar energía)
- 4x100m: oro con el equipo americano (37.83, récord del mundo)
- 200m: oro con 19.80
Cuatro oros en cuatro pruebas. Solo Jesse Owens en Berlín 1936 había logrado algo similar. Lewis fue la gran figura de unos Juegos en los que, además, el boicot soviético redujo la competencia en algunas pruebas.
Seúl 1988: el drama más grande
La final de 100m de Seúl 1988 es la carrera más cargada de historia y polémica del atletismo. Ben Johnson ganó con un imposible 9.79, récord del mundo. Lewis fue segundo con 9.92. Tres días después, Johnson dio positivo por estanozolol. El oro fue para Lewis.
Pero la historia no terminaba ahí: la investigación posterior reveló que Lewis había dado positivo por pseudoefedrina y otras estimulantes en las pruebas de selección previas a Seúl. El Comité Olímpico Americano aceptó su explicación de ingesta involuntaria. Muchos nunca han aceptado esta decisión, argumentando que se aplicó un doble estándar.
Lewis también ganó el salto de longitud en Seúl y fue medalla de plata en el 200m. Cuatro medallas en unos Juegos marcados por la controversia.
La longevidad: oro olímpico a los 35 años
Lo que hace a Lewis verdaderamente único no son sus resultados de Los Ángeles 1984, sino lo que vino después. En Barcelona 1992 ganó el salto de longitud con 8,67 metros. En Atlanta 1996, a los 35 años, volvió a ganar el salto de longitud con 8,50 metros, estableciendo su noveno oro olímpico.
Ningún hombre ha ganado cuatro veces consecutivas el salto de longitud olímpico. Ningún velocista ha mantenido la élite durante cuatro Juegos Olímpicos consecutivos. Lewis lo hizo.
La personalidad polémica
Lewis nunca fue el atleta más querido por el público americano, a pesar de sus victorias. Su persona era considerada arrogante, calculadora. Sus rivales le respetaban pero no siempre le querían. La actitud de grandiosidad que proyectaba, justificada por sus resultados, generaba anticuerpos.
En contraste, en Europa —especialmente en Alemania y Francia— fue tratado como un dios del atletismo. Los estadios europeos le adoraban con una devoción que él sabía aprovechar.
El papel de Carl Lewis en la lucha antidopaje
A pesar de su propio positivo en 1988, Lewis se convirtió en uno de los críticos más duros del dopaje en el atletismo. Sus denuncias públicas sobre Ben Johnson, Tim Montgomery y Marion Jones, aunque a veces recibidas con escepticismo dado su propio historial, contribuyeron al debate público sobre la integridad del deporte.
Su posición era la del atleta que había competido “limpio” (según él) en una era en la que muchos no lo hacían, y que veía cómo se degradaba el valor de sus victorias. Una posición incómoda, pero comprensible.