El 4 de noviembre de 1956, el Ejército Rojo entró en Budapest con 1.000 tanques y 150.000 soldados para aplastar la revolución húngara que durante dos semanas había desafiado la hegemonía soviética. Miles de húngaros murieron, decenas de miles huyeron al exilio y el país quedó bajo una ocupación que duraría décadas. Un mes después, en una piscina de Melbourne, Australia, el equipo de waterpolo de Hungría se enfrentó a la Unión Soviética en los Juegos Olímpicos. Lo que sucedió en esa piscina entró en la historia del deporte con un nombre que no necesita explicación: el partido de la sangre.
El equipo húngaro de waterpolo de 1956 era uno de los mejores de la historia. Con campeones olímpicos en sus filas y una tradición de dominio del deporte que se remontaba a décadas, los húngaros habían llegado a Melbourne como favoritos al oro en una competición que ya habían ganado en cuatro ocasiones anteriores. Pero el contexto era incomparablemente diferente a cualquier otro torneo olímpico. Los jugadores habían dejado Hungría cuando la revolución estaba en su apogeo, y durante el torneo fueron recibiendo noticias fragmentarias sobre la represión que estaba sufriendo su país. Jugaban con la mezcla de orgullo y dolor de quien compite bajo una bandera que significa mucho más que un país.
El semifinal: política y violencia en la piscina
El 6 de diciembre de 1956, húngaros y soviéticos se encontraron en el semifinal del torneo de waterpolo con una carga emocional que iba mucho más allá del deporte. El público de Melbourne, mayoritariamente simpatizante con Hungría, llenó las gradas con una hostilidad hacia la delegación soviética que no había visto en ningún otro evento de aquellos Juegos.
El partido fue brutal desde el principio. Las disputas por el balón bajo el agua, siempre una constante en el waterpolo, se convirtieron en choques físicos directos con una intensidad sin precedentes. A poco más de un minuto para el final, con Hungría ganando 4-0, el soviético Valentin Prokopov golpeó de forma deliberada al húngaro Ervin Zádor dentro del agua. Zádor salió de la piscina con una herida sobre el ojo derecho que le cubría la cara de sangre. La fotografía que captó ese momento dio la vuelta al mundo al día siguiente.
El árbitro dio por terminado el partido antes del tiempo reglamentario, temiendo que el ambiente dentro y fuera de la piscina derivara en un incidente aún más grave. Hungría pasaba a la final con la victoria y con el mundo entero pendiente de lo que había ocurrido en aquella piscina australiana.
El oro y el exilio
En la final, Hungría ganó el oro al vencer a Yugoslavia por 2-1 en uno de los partidos más emocionantes de la historia del waterpolo olímpico. Para los jugadores húngaros, aquel oro tenía un significado que ningún título deportivo anterior había tenido: era una victoria para un país ocupado, un gesto de orgullo en el único escenario donde podían aún competir en igualdad de condiciones con la potencia que había invadido su país.
Después de la ceremonia, varios jugadores del equipo tomaron decisiones que cambiarían sus vidas. Ervin Zádor, el jugador cuya cara ensangrentada había conmocionado al mundo, no regresó a Hungría. Tampoco lo hicieron otros compañeros, que aprovecharon los Juegos para iniciar una nueva vida en Australia, Estados Unidos o Europa occidental. Fue uno de los éxodos silenciosos que los Juegos de Melbourne provocaron entre los atletas de los países del bloque soviético.
El partido de la sangre es hoy un símbolo de los Juegos de Melbourne 1956, probablemente los más cargados políticamente de la historia olímpica del siglo XX, y uno de los episodios más dramáticos que el deporte ha producido jamás.