Manuel Estiarte Duocastella es el mejor waterpolista de la historia, el jugador que dio al waterpolo una dimensión que el deporte no había conocido y que lo convirtió en la figura más admirada de un deporte de nicho a nivel global. Nacido el 26 de octubre de 1961 en Manresa, Cataluña, fue elegido mejor jugador del mundo en seis ocasiones, ganó el oro olímpico en los Juegos de Barcelona 1992 y construyó una carrera que lo convirtió en la cara más reconocida del waterpolo en el mundo.
El manresano que domó el agua
Estiarte comenzó a practicar el waterpolo en Manresa, una ciudad de interior catalán donde el deporte tiene una tradición histórica gracias a la piscina municipal y a la cultura deportiva de la región. Desde niño mostró aptitudes excepcionales para el juego en el agua: una visión de juego avanzada para su edad, una técnica de brazada que le permitía moverse con rapidez y economía, y una capacidad de lectura del partido que hacía que sus decisiones siempre parecieran las correctas.
Su incorporación al Canoe de Madrid y posteriormente al Club Natació Catalunya le dio el entorno de competición necesario para desarrollar todo su potencial.
El mejor jugador del mundo: seis veces
Ser elegido mejor jugador del mundo en waterpolo en una ocasión es ya una distinción extraordinaria. Estiarte lo fue en seis ocasiones diferentes, distribuidas a lo largo de más de una década, lo que significa que su superioridad sobre los mejores waterpolistas del planeta no fue puntual sino el estado normal de su rendimiento durante años.
Esa hegemonía no se basaba en un atributo físico excepcional —aunque Estiarte era fuerte y rápido en el agua— sino en una inteligencia táctica y una visión de juego que le permitían anticipar las jugadas antes de que se desarrollaran y tomar decisiones que simplificaban el juego para sus compañeros y lo complicaban para los rivales.
Los Juegos Olímpicos: la deuda y la redención
La carrera olímpica de Estiarte está marcada por una deuda pendiente que finalmente se saldó en casa. España llegó a varias finales olímpicas sin ganar el oro —plata en Los Ángeles 1984 y en Seúl 1988— y Estiarte, siempre el mejor jugador del torneo, veía cómo el título más importante se le escapaba.
En los Juegos de Barcelona 1992, con el público catalán y español apoyando en la piscina del Bernat Picornell y Estiarte con treinta años, España ganó el oro. Ese momento —Estiarte con el oro al cuello, en su ciudad, ante su gente— es uno de los más emotivos en la historia del deporte español. El llanto de Estiarte en el podio de Barcelona fue la imagen de una carrera entera recompensada.
El legado en el deporte español
Estiarte es hoy una figura que trasciende el waterpolo. Su trabajo como colaborador de Guardiola en los mejores equipos de fútbol del mundo ha mantenido su nombre en el primer plano del deporte décadas después de su retirada. Pero su legado más profundo es el de haber elevado el waterpolo español a un nivel de reconocimiento internacional que sin él no habría existido, y el de haber demostrado que en un deporte sin la visibilidad del fútbol o el atletismo también pueden surgir figuras de talla universal.