La exclusión es la sanción más habitual por faltas graves en waterpolo. Cuando un árbitro señala exclusión, el jugador infractor debe abandonar inmediatamente la zona de juego y dirigirse al área de exclusión situada junto a la portería de su equipo. Durante 20 segundos de juego real, su equipo deberá jugar con un jugador menos, lo que crea una situación de superioridad numérica para el adversario. El jugador excluido puede regresar antes si el rival marca gol o si su equipo recupera la posesión del balón.
Las infracciones que conllevan exclusión son aquellas consideradas faltas personales graves: agarrar, hundir o golpear a un adversario que no tiene el balón, interferir ilegalmente con un lanzamiento, cometer una falta de 2 metros o mostrar una actitud antideportiva leve. A diferencia de las faltas ordinarias —que simplemente dan posesión al rival— la exclusión añade la dimensión del desequilibrio numérico, convirtiendo cualquier situación en un potencial momento de superioridad para el equipo atacante.
El juego en superioridad numérica generado por las exclusiones es uno de los pilares tácticos del waterpolo moderno. Los equipos trabajan intensamente para aprovechar esos 20 segundos con eficiencia: mover el balón rápido, crear espacio, encontrar el pase de gol. Al mismo tiempo, el equipo en inferioridad debe defender aplicando presión alta y gestionando el tiempo de posesión rival. La gestión de las exclusiones —quién las comete, en qué momento del partido y con qué frecuencia— es un factor estadístico muy analizado por los entrenadores de élite.