El waterpolo masculino es deporte olímpico desde París 1900, convirtiéndolo en uno de los deportes de equipo más antiguos de la historia de los Juegos. El femenino tuvo que esperar exactamente cien años para recibir el mismo reconocimiento. Esa espera no fue casual ni inevitable: fue el resultado de décadas de exclusión sistemática de las mujeres de un deporte que históricamente había sido considerado demasiado físico, demasiado duro o simplemente inapropiado para la competición femenina. La historia del waterpolo femenino es, por tanto, una historia de superación de barreras tan sólidas como las paredes de una piscina.
Las primeras competiciones femeninas organizadas de waterpolo datan de los años 60 y 70 en países como Australia, Holanda y Estados Unidos, donde el movimiento de emancipación deportiva femenina encontró terreno fértil. Pero el reconocimiento internacional tardó en llegar: el primer Campeonato del Mundo femenino no se celebró hasta 1986 en Holanda, donde el torneo inaugural fue ganado por la selección australiana, que desde el principio se posicionó como una de las potencias del deporte.
La lucha por el olimpo
A lo largo de los años 80 y 90, las federaciones de waterpolo y las organizaciones de atletas presionaron al Comité Olímpico Internacional para la inclusión del waterpolo femenino en el programa de los Juegos. La resistencia era significativa: el COI mostraba reticencias a incorporar nuevas disciplinas femeninas en deportes donde el contacto físico fuera un elemento central, y el waterpolo, con su dura lucha por el balón bajo la superficie del agua, encajaba en ese perfil.
La decisión llegó finalmente en 1996, cuando el COI anunció que el waterpolo femenino sería deporte olímpico en Sydney 2000. Cuatro años de preparación intensiva permitieron que los países con mayor tradición —Australia, Estados Unidos, Holanda, Rusia y Hungría— llegaran al torneo inaugural con equipos de alto nivel.
Sydney 2000: el nacimiento olímpico
La final del torneo inaugural en Sydney fue un acontecimiento histórico que superó todas las expectativas de asistencia y repercusión mediática. Australia y Estados Unidos se enfrentaron ante más de 17.000 espectadores en el Centro Acuático de Sydney, con el país anfitrión ganando el primer oro de la historia con una actuación memorable. La selección australiana, liderada por jugadoras como Melissa Mills y Rebecca Gilmore, recibió el mismo reconocimiento popular que cualquier selección de natación o atletismo, lo que marcó un punto de inflexión en la percepción social del waterpolo femenino.
El impacto de Sydney fue inmediato: el número de licencias femeninas de waterpolo creció en todos los países participantes en los años siguientes, y el deporte empezó a recibir financiación y cobertura mediática que hasta entonces le habían sido negadas.
El dominio estadounidense y la evolución del deporte
Desde Sydney 2000, el waterpolo femenino olímpico ha sido protagonizado en buena medida por Estados Unidos. La selección americana ganó el oro en Atenas 2004, Londres 2012, Río 2016 y Tokio 2020, construyendo una hegemonía que en el deporte femenino no tiene equivalente en ninguna otra selección. Jugadoras como Brenda Villa —cuatro veces olímpica, cuatro medallas— y Melissa Seidemann se han convertido en iconos del deporte acuático mundial.
Holanda y Hungría han sido las principales rivales del dominio americano, con un nivel técnico muy alto y una cultura del waterpolo femenino profundamente arraigada. La Liga Mundial femenina, creada en 2004, ha contribuido a elevar el nivel global del deporte y a generar nuevas potencias emergentes como España, Australia y Rusia, que han ido acercándose a la élite en los últimos años.