En el deporte, las revoluciones no siempre vienen de los laboratorios ni de los departamentos de ciencia del rendimiento. A veces vienen de un chico de instituto que encontró una solución extraña a un problema que nadie más veía. Eso es exactamente lo que hizo Dick Fosbury.
El chico que saltaba raro
A mediados de los años 60, Dick Fosbury era un atleta mediocre de Medford, Oregon. Practicaba el salto de altura sin destacar, usando las técnicas convencionales de la época: el salto de tijera o el rodillo ventral. Sus marcas eran modestas.
Entonces empezó a experimentar. En lugar de pasar el listón de frente o boca abajo, Fosbury desarrolló una técnica en la que se lanzaba de espaldas, curvando la columna hacia atrás en una posición que sus entrenadores consideraban absurda y potencialmente peligrosa. Los árbitros consultaban el reglamento buscando alguna norma que la prohibiese. No encontraron ninguna.
Sus compañeros se burlaban. El entrenador de su instituto intentó que abandonara la idea. Pero sus marcas mejoraban constantemente con esa técnica extraña. Y en 1968, con 21 años, llegó a los Juegos Olímpicos de Ciudad de México.
Ciudad de México, 1968: la noche que cambió todo
El 20 de octubre de 1968, Fosbury saltó 2,24 metros en la final olímpica de salto de altura y ganó el oro. El estadio Olímpico Universitario enloqueció. Las cámaras de todo el mundo grabaron esa imagen insólita: un atleta que cruzaba el listón de espaldas, arqueado, con la cabeza cayendo primero.
Los comentaristas deportivos no sabían si reír o aplaudir. Algunos titulares de la prensa americana lo llamaron “el salto del borracho”. Pero los entrenadores y los biomecánicos entendieron inmediatamente lo que estaban viendo: una revolución.
La clave física del invento de Fosbury es elegante. En el rodillo ventral, el centro de gravedad del atleta tiene que superar la altura del listón. En el fosbury flop, el cuerpo se arquea de tal manera que cada parte pasa el listón por separado, y el centro de gravedad puede mantenerse por debajo del listón mientras el cuerpo completo lo sobrepasa. Es física pura: menos energía para superar la misma altura.
La adopción universal
En los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972, la mayoría de los saltadores de altura ya usaban el fosbury flop. En los de Montreal de 1976, era prácticamente universal. Para los años 80, la técnica había barrido todas las demás en el atletismo de élite.
El récord mundial masculino actual, 2,45 metros establecido por Javier Sotomayor en 1993, y el femenino, 2,09 metros de Stefka Kostadinova desde 1987, se lograron ambos con el fosbury flop. Ningún saltador de élite usa hoy otra técnica.
Dick Fosbury nunca mejoró significativamente su marca olímpica. Fue una estrella de una sola noche en términos competitivos. Pero su legado es inmortal: cambió para siempre la manera en que los humanos superamos obstáculos. En sentido literal y metafórico.