Cuando Pierre de Coubertin impulsó la restauración de los Juegos Olímpicos a finales del siglo XIX, tomó el atletismo como columna vertebral del programa deportivo. Aquella decisión marcaría para siempre el desarrollo del deporte más completo del mundo, que en poco más de un siglo pasó de ser una práctica amateur de élite anglosajona a convertirse en un fenómeno global con millones de practicantes en todos los continentes.
El renacimiento olímpico y los primeros pasos del atletismo moderno
Los Juegos Olímpicos de Atenas 1896 supusieron el punto de partida oficial del atletismo contemporáneo. El programa incluía doce pruebas de pista y campo reservadas exclusivamente a hombres, y el espectáculo más memorable de aquellos Juegos fue la victoria del pastorcillo griego Spyridon Louis en la maratón, una prueba recuperada en homenaje al legendario corredor Filípides, que según la tradición recorrió los 40 kilómetros desde Maratón hasta Atenas para anunciar la victoria griega sobre los persas.
En los años siguientes, el atletismo fue codificando sus disciplinas. Los Juegos de París 1900 y San Luis 1904 añadieron nuevas pruebas y comenzaron a definir los estándares técnicos que aún hoy son reconocibles. Los Juegos de Londres 1908 fijaron la distancia oficial de la maratón en 42,195 kilómetros, medida que se extrae de la distancia exacta recorrida para que la carrera saliera del Castillo de Windsor y llegara al estadio olímpico, con los corredores acabando frente al palco real.
La IAAF y la unificación del reglamento mundial
El crecimiento del atletismo internacional hizo necesaria una organización que unificara reglas, homologara marcas y coordinara los calendarios de competición. En 1912, durante los Juegos de Estocolmo, representantes de diecisiete países fundaron la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF), que en 2019 pasó a denominarse World Athletics.
La IAAF estableció las primeras marcas mundiales reconocidas, definió los protocolos para la homologación de récords y fue ampliando progresivamente las disciplinas reconocidas. También coordinó la introducción del atletismo femenino en el programa olímpico: las mujeres participaron por primera vez en los Juegos de Ámsterdam 1928, aunque solo en cinco pruebas. La paridad en el programa olímpico no llegaría hasta décadas más tarde.
La expansión del atletismo durante el siglo XX
Las primeras décadas del siglo XX vieron cómo el atletismo se extendía más allá de Europa y Norteamérica. Los atletas de África, América Latina y Asia comenzaron a aparecer en los pódiums olímpicos, rompiendo la hegemonía angloestadounidense que había dominado los primeros Juegos modernos.
Finlandia fue la primera gran potencia atletística no anglosajona, con figuras como Paavo Nurmi, que ganó nueve medallas de oro olímpicas entre 1920 y 1928. En los años treinta, Jesse Owens demostró en Berlín 1936 que el talento no tenía color de piel, ganando cuatro oros ante la mirada atónita de Hitler. Tras la Segunda Guerra Mundial, el atletismo se convirtió en uno de los campos de batalla simbólicos de la Guerra Fría, con Estados Unidos y la Unión Soviética compitiendo por la supremacía en los estadios olímpicos.
El fin del amateurismo y la era profesional
Durante décadas, el Comité Olímpico Internacional y la IAAF mantuvieron un estricto código de amateurismo que impedía a los atletas recibir cualquier compensación económica. Esta norma, que respondía a un ideal romántico de deporte puro, generó enormes hipocresías: los atletas del bloque soviético eran oficialmente “amateurs” pero en la práctica eran deportistas de Estado a tiempo completo, mientras que los atletas occidentales tenían que buscar trabajo para subsistir.
El sistema comenzó a desmoronarse en 1982, cuando la IAAF permitió que los atletas percibieran premios en metálico depositados en fondos fiduciarios gestionados por las federaciones nacionales. En 1992, los Juegos de Barcelona marcaron el fin definitivo del amateurismo: por primera vez, los atletas profesionales podían competir sin restricciones. Las grandes marcas comerciales habían entrado en escena, los contratos de patrocinio se dispararon y el atletismo entró en la era del espectáculo deportivo moderno con toda la complejidad que eso implica.