Hay récords deportivos y hay momentos que trascienden el deporte. El salto de Bob Beamon en los Juegos Olímpicos de México 1968 pertenece a la segunda categoría. Un salto que mejoró el récord del mundo en más de medio metro en un deporte donde los récords se mejoran habitualmente en centímetros, y que el propio atleta tardó varios minutos en comprender por la reacción de quienes lo rodeaban.
El salto que cambió el atletismo
El 18 de octubre de 1968, en el Estadio Olímpico de México, Bob Beamon se aproximó a la tabla de batida y saltó. Lo que siguió fue uno de los momentos más extraordinarios de la historia del deporte: el atleta americano sobrevoló el foso de arena y aterrizó tan lejos que el sistema de medición óptica del estadio no pudo registrar el resultado, porque estaba diseñado para medir hasta 8,70 metros y el salto había ido más allá.
Cuando el resultado oficial apareció en el marcador, 8,90 metros, la reacción del propio Beamon fue de incredulidad: el atleta cayó de rodillas en el foso de arena, incapaz de procesar la magnitud de lo que acababa de hacer. La distancia no solo era un récord mundial; era un salto que superaba el récord anterior de Ralph Boston (8,35 metros) en 55 centímetros, el mayor margen de mejora en la historia del salto de longitud.
El contexto de Ciudad de México: la altitud como factor
Los Juegos de México 1968 se celebraron a 2.240 metros de altitud, lo que favorece los saltos y los lanzamientos porque el aire más delgado ofrece menos resistencia. Sin embargo, la misma altitud perjudica las carreras de fondo, donde la menor concentración de oxígeno limita el rendimiento.
El salto de Beamon se benefició sin duda de la altitud, pero la magnitud del récord (55 cm de mejora) es tan grande que los científicos del deporte coinciden en que el efecto de la altitud explica como máximo unos pocos centímetros adicionales. El resto fue puro talento, condición física en el pico máximo y quizás una pizca de fortuna en el punto exacto de despegue.
Mike Powell supera el récord 23 años después
El récord de Beamon sobrevivió nada menos que 23 años, hasta el 30 de agosto de 1991, cuando el americano Mike Powell saltó 8,95 metros en el Campeonato del Mundo de Atletismo de Tokio, en un duelo épico con Carl Lewis que es considerado el mejor evento de salto de longitud de la historia.
Ese día, Carl Lewis saltó cuatro veces por encima de 8,80 metros pero fue Powell, con su salto de 8,95, quien se llevó el récord. Lewis había igualado el récord de Beamon con 8,91 metros en el mismo campeonato, pero con viento a favor que no era legal para récords. Powell saltó con viento legal y superó la barrera de los 8,90 de Beamon por primera vez en la historia.
El récord olímpico: Beamon sigue invicto
El salto de Powell de 8,95 metros es el récord mundial, pero el récord olímpico sigue perteneciendo a Beamon con 8,90 metros desde 1968. Nadie ha logrado superarlo en unos Juegos Olímpicos en más de 55 años, lo que convierte el salto de México en uno de los récords olímpicos más duraderos de la historia del atletismo.
El “Beamonesque”: un término en el diccionario
El salto de Beamon fue tan extraordinario que el término “Beamonesque” entró en el lenguaje popular inglés para describir cualquier actuación deportiva que supera de manera extraordinaria y desproporcionada el nivel de referencia de su época. Es uno de los pocos casos en la historia del deporte en que el nombre de un atleta se convierte en adjetivo universal.
El récord femenino: otro clásico de los 80
El récord mundial femenino de salto de longitud pertenece a la soviética Galina Chistyakova, que saltó 7,52 metros el 11 de junio de 1988 en Leningrado. Con más de 35 años vigente, es otro de los récords atléticos más longevos, establecido en la era en que el atletismo soviético y del bloque del Este dominaban muchas especialidades del atletismo de campo.