El maratón es, para muchos, la prueba definitiva del atletismo. Con sus 42,195 kilómetros recorridos a pie sin interrupción, exige una preparación física y mental que va mucho más allá de cualquier otra carrera en pista. Desde los primeros Juegos Olímpicos modernos de 1896, el maratón ha sido símbolo de resistencia y superación.
A diferencia de las carreras de pista, el maratón se disputa en carretera, con un recorrido homologado por la World Athletics (antes IAAF) que los jueces verifican antes de la prueba. El trazado debe medirse con precisión mediante bicicleta calibrada para garantizar la validez de las marcas.
La prueba puede celebrarse como evento independiente o integrada en unos Juegos Olímpicos o un campeonato del mundo. En cualquier caso, el reglamento exige condiciones meteorológicas aceptables: si el calor o el viento superan ciertos límites, las marcas obtenidas no se homologan como récords oficiales.
Normas de conducta y recorrido
Los atletas deben seguir en todo momento la ruta señalizada. Cualquier desvío voluntario, aunque el corredor vuelva al punto de salida, implica descalificación. También está prohibido aferrarse a vehículos o recibir empujones de otra persona.
Los jueces de ruta vigilan cada sector y pueden marcar tarjeta roja en el acto. Además, la prueba cuenta con control antidopaje aleatorio tanto antes de la salida como en meta.
Avituallamiento y asistencia médica
La organización debe garantizar agua potable en cada punto de avituallamiento. Los atletas pueden llevar su propio gel energético o bebida especial, siempre que lo entreguen al personal de la organización con antelación. Si un corredor cae o necesita atención médica, el personal sanitario puede auxiliarlo; sin embargo, si el atleta no puede continuar por su propio pie, el médico puede ordenar su retirada por razones de seguridad.