El balonmano que hoy vemos en los pabellones olímpicos y en los grandes campeonatos europeos es el producto de una larga evolución que implicó el abandono del formato de campo en favor de la pista cubierta, la expansión del deporte más allá de sus fronteras originales europeas y la construcción de un ecosistema competitivo de primer nivel mundial.
El triunfo del balonmano de sala
Tras la única aparición olímpica del balonmano de campo en Berlín 1936, el deporte vivió un período de transición. La Segunda Guerra Mundial interrumpió el desarrollo de las competiciones internacionales, y cuando la actividad se retomó en los años cuarenta, la modalidad de sala fue ganando terreno de forma imparable.
Las razones eran prácticas: el balonmano de sala podía practicarse en cualquier época del año independientemente del clima, requería instalaciones más pequeñas y económicas que el balonmano de campo, y el ritmo de juego más rápido lo hacía más espectacular para los espectadores. Las federaciones escandinavas, que habían desarrollado el formato de sala desde los años veinte, se convirtieron en los principales impulsores de este cambio.
El primer Campeonato del Mundo de balonmano de sala masculino se celebró en Francia en 1954, con la victoria de Suecia como campeona. A partir de ese momento, el Mundial de sala se consolidó como la gran competición del deporte, mientras el balonmano de campo fue reduciéndose hasta desaparecer de las grandes competiciones internacionales en los años ochenta.
La incorporación olímpica permanente
El momento definitivo en la consolidación del balonmano como deporte global llegó con los Juegos Olímpicos de Múnich 1972, donde el balonmano de sala masculino entró por primera vez en el programa olímpico permanente. Yugoslavia ganó el oro en aquella edición inaugural, con la Unión Soviética y la República Democrática Alemana completando el podio.
Cuatro años después, en Montreal 1976, el balonmano femenino también entró en el programa olímpico, con la Unión Soviética como primera campeona. La doble presencia olímpica dio al balonmano un impulso de visibilidad y legitimidad que aceleró su expansión a nuevos continentes.
La Guerra Fría dejó su huella también en el balonmano: durante las décadas de los setenta y ochenta, los países del bloque soviético —Yugoslavia, la URSS, la RDA, Rumanía— dominaron los pódiums olímpicos y mundiales, favorecidos por sus sistemas de deporte de Estado que permitían dedicar atletas a tiempo completo al alto rendimiento. Jugadores yugoslavos de aquella época como Vladimir Beara o Zdravko Radjenovic son considerados pioneros de un estilo de juego técnico y colectivo que influyó a toda una generación de entrenadores.
La expansión global y la diversificación del poder
A partir de los años noventa, el mapa del balonmano mundial comenzó a cambiar. La desintegración de Yugoslavia —que había sido la gran potencia del balonmano mundial— dio lugar a varias selecciones independientes (Croacia, Bosnia, Serbia, Eslovenia) que mantuvieron el altísimo nivel de balonmano de la región. Croacia ganó el oro olímpico en Atlanta 1996, confirmando que la tradición yugoslava había sobrevivido a la fragmentación política.
Francia emergió como la nueva gran potencia del balonmano mundial a partir de los años 2000, con un modelo de formación y una profundidad de plantilla que le permitiría acumular medallas en los grandes campeonatos de forma sistemática. Alemania, país donde había nacido el deporte, España y los países escandinavos completaron el grupo de naciones que competían por los títulos en la primera década del siglo XXI.
Fuera de Europa, Brasil se convirtió en la mayor potencia del balonmano americano, llegando a las finales del Campeonato del Mundo y a los cuartos de final olímpicos. En Asia, Corea del Sur desarrolló un balonmano femenino de altísimo nivel que acumuló medallas olímpicas. Egipto y Túnez llevaron el balonmano africano a la élite mundial, con Egipto siendo el primer país africano en organizar el Campeonato del Mundo masculino en 2021.
El Campeonato de Europa y la Champions League de clubes
La Federación Europea de Balonmano (EHF) organizó el primer Campeonato de Europa de balonmano masculino en 1994, completando un calendario de competiciones internacionales que hoy incluye el Europeo, el Mundial y los Juegos Olímpicos. La Liga de Campeones de la EHF, la competición de clubes más importante del mundo, ha producido partidos de un nivel técnico y físico que compite con los mejores eventos deportivos europeos.