Cuando el judo debutó como deporte olímpico en los Juegos de Tokio 1964, nadie en Japón esperaba que uno de los momentos más impactantes de aquella edición fuera una derrota nipona. Desde ese instante fundacional, el judo olímpico ha vivido seis décadas de evolución, controversias y momentos de antología.
El trauma de Geesink
Anton Geesink era un gigante holandés de 1,98 metros que había dedicado años a estudiar judo en Japón con una dedicación que pocos extranjeros habían mostrado hasta entonces. En la final de la categoría abierta de Tokio 1964, se enfrentó al japonés Akio Kaminaga ante un público que esperaba ver a los anfitriones barrer en su propia disciplina nacional.
Geesink ganó por ippon. El silencio que cayó sobre el Nippon Budokan fue descrito por los cronistas como algo cercano al duelo nacional. El incidente fue, paradójicamente, uno de los mejores momentos para el judo como deporte mundial: demostró que era un arte marcial universal, no una propiedad cultural japonesa.
La ausencia en México 1968: el error que no se repitió
Que un deporte debut en unos Juegos y desaparezca en los siguientes es extraordinariamente raro. Le ocurrió al judo entre Tokio 1964 y Múnich 1972. El Comité Olímpico Internacional, en sus decisiones de entonces, excluyó el judo del programa de México 1968, lo que generó una protesta diplomática del Japón olímpico.
Desde su regreso en Múnich 1972, el judo no ha faltado a ninguna edición. La experiencia sirvió para que la Federación Internacional de Judo construyera una estructura organizativa más sólida y orientada a garantizar su permanencia olímpica.
El judo femenino: una incorporación tardía
Durante décadas, el judo olímpico fue exclusivamente masculino. Las mujeres tuvieron que esperar hasta Barcelona 1992 para competir de forma oficial en los Juegos. Esta tardanza contrasta con el hecho de que el judo femenino tenía décadas de historia en competiciones internacionales antes de esa fecha.
La incorporación del judo femenino en 1992 fue un hito que abrió el camino a otras artes marciales para introducir sus categorías femeninas en el programa olímpico en ediciones posteriores.
Cuba: la anomalía caribeña
Que un país caribeño de clima tropical sea una de las grandes potencias mundiales del judo es una de las paradojas más llamativas del deporte. Cuba desarrolló desde los años 70 un programa de alto rendimiento en judo que produjo judocas de clase mundial como Ángel Valoyes, Óscar Brayson o Driulis González.
El modelo cubano se basaba en una selección rigurosa desde edades tempranas y un sistema de entrenamiento intensivo financiado por el Estado, similar al que aplicaban los países del bloque soviético. El resultado fue una potencia judo que ha ganado medallas olímpicas en casi todas las ediciones desde los años 80.