Hay pocas relaciones en el deporte tan complejas como la que une a Japón con el judo. Por un lado, Japón es el país que lo inventó, el que le dio nombre, filosofía y sistema técnico. Por otro, es el país que vive cada derrota olímpica como un trauma nacional y que tardó décadas en aceptar que el mundo había aprendido su propio arte mejor de lo que ellos querían reconocer.
La historia del judo japonés en los Juegos Olímpicos es una historia de orgullo, fracasos inesperados, reinvención y dominio recuperado a base de humildad y trabajo. Y también es la historia de cómo un deporte puede escapar del control de su creador para convertirse en algo universal.
El shock de Tokio 1964
Cuando el judo se incluyó por primera vez en el programa olímpico —en los Juegos de Tokio 1964— la expectativa japonesa era de dominio absoluto. ¿Cómo podría alguien vencer a los inventores del judo en su propio país? El programa incluía cuatro categorías, y Japón ganó tres de ellas con relativa comodidad. Pero la cuarta, la categoría abierta —sin límite de peso, la más prestigiosa de todas— deparó la mayor sorpresa.
El holandés Anton Geesink, de 1,98 metros y más de 100 kilos, venció al japonés Akio Kaminaga ante un estadio lleno de japoneses en silencio. Geesink, que había estudiado el judo en el propio Kodokan durante años, demostró que la técnica japonesa podía aprenderse y perfeccionarse fuera de Japón. El shock fue enorme: el deporte nacional había sido vencido en casa por un europeo.
La respuesta japonesa: volver a los orígenes
La derrota ante Geesink fue un catalizador. En lugar de resignarse, Japón reflexionó sobre sus métodos y volvió a los principios fundacionales de Kano: la técnica perfecta por encima de la fuerza bruta. Durante los años 70 y 80, el judo japonés consolidó su superioridad recuperando el énfasis en el trabajo técnico, la velocidad de ataque y la formación desde edades tempranas.
El resultado fue una era de dominio casi ininterrumpido en los campeonatos del mundo y en los Juegos Olímpicos. Judokas como Yamashita Yasuhiro —invicto durante varios años— o Naoya Ogawa volvieron a colocar a Japón en lo más alto del judo mundial.
La presión imposible de ser el país fundador
Lo que distingue al judo japonés de cualquier otro deporte en cualquier otro país es el peso de la expectativa cultural. En Japón, una medalla de plata olímpica en judo puede vivirse como un fracaso. El judoka que pierde la final no solo ha perdido un combate: ha fallado a la nación que inventó el deporte, a su federación, a su entrenador y a su familia. Esta presión es psicológicamente brutal y ha lastreado a algunos de los mejores judokas japoneses en los momentos decisivos.
Al mismo tiempo, esa misma presión es el motor que empuja a los judokas japoneses a entrenar con una disciplina y una exigencia que pocas culturas deportivas pueden igualar. El judo japonés es un mundo aparte: internamente competitivo hasta extremos difíciles de comprender desde fuera, con unas exigencias de preparación que muchos atletas extranjeros no estarían dispuestos a asumir.
Tokio 2020: la reconciliación
Los Juegos de Tokio 2020 —celebrados en 2021 por la pandemia— cerraron un círculo. Japón consiguió nueve medallas de oro en judo, el mejor resultado olímpico de su historia, arrasando en categorías masculinas y femeninas. Fue la demostración de que el trabajo metódico, la técnica y la presión de competir en casa podían convertirse en ventaja cuando todo el sistema funciona. Japón y el judo, por una vez, parecían completamente reconciliados.