El judo es uno de los deportes de combate más practicados del mundo, con millones de judocas en todos los continentes. Pero detrás del deporte que vemos en los Juegos Olímpicos hay una historia filosófica, educativa y cultural que la mayoría de los espectadores desconoce. Su fundador, Jigoro Kano, lo concibió como mucho más que una forma de lucha.
Jigoro Kano: el hombre que revolucionó las artes marciales
Jigoro Kano era un joven intelectual japonés de complexión delgada que a finales del siglo XIX decidió estudiar el jujutsu clásico para no ser víctima de los matones de su época. Lo que encontró en las distintas escuelas que frecuentó fue un conjunto de técnicas eficaces pero peligrosas, enseñadas sin método y sin un sistema de valores claro.
En 1882, con solo 22 años, Kano fundó el Kodokan —su propia escuela— y sistematizó las mejores técnicas del jujutsu eliminando las más peligrosas para que pudieran practicarse con seguridad en combate real (randori). Este es el punto diferencial del judo: la posibilidad de practicar a máxima intensidad sin necesidad de frenar los ataques.
El principio de “ceder para vencer”
El concepto filosófico central del judo, el Ju no ri, es tan sencillo de enunciar como difícil de aplicar: en lugar de oponerse a la fuerza del rival, se usa esa fuerza para desequilibrarle. Si alguien te empuja, en lugar de resistir, cedes y tiras de él en la dirección de su empuje para que caiga por su propio impulso.
Este principio no es solo una estrategia de combate; Kano lo entendía como una filosofía de vida aplicable a cualquier situación de conflicto o dificultad.
El sistema de cinturones: una invención del siglo XX
Muchos practicantes de artes marciales dan por hecho que el sistema de cinturones de colores es antiquísimo. En realidad, Kano introdujo el cinturón negro hacia 1883 para distinguir a los judocas avanzados de los principiantes, y los cinturones de colores intermedios se fueron incorporando gradualmente durante el siglo XX.
La innovación del cinturón negro fue adoptada posteriormente por prácticamente todas las artes marciales modernas: karate, taekwondo, aikido… Todas le deben a Kano este sistema de graduación.
Lo que Kano no habría reconocido
Kano murió en 1938, antes de ver el judo convertido en deporte olímpico. Sus biógrafos señalan que el maestro habría tenido sentimientos encontrados ante el judo olímpico: si bien la difusión mundial le habría satisfecho, la reducción del arte a un conjunto de técnicas puntuables y la desaparición de la dimensión filosófica y educativa le habrían preocupado profundamente. Kano nunca vio el judo como un fin en sí mismo, sino como un medio de formación personal.