Los Juegos sin mujeres
Cuando Pierre de Coubertin organizó los primeros Juegos Olímpicos modernos en Atenas en 1896, las mujeres simplemente no estaban invitadas a competir. La filosofía olímpica de Coubertin era explícitamente contraria a la participación femenina: consideraba que el papel de la mujer en los Juegos era el de aclamar a los vencedores, no el de competir. Esta posición no era una excentricidad de Coubertin sino el reflejo del pensamiento dominante en la Europa victoriana de finales del siglo XIX.
En los Juegos de París de 1900 aparecieron por primera vez algunas deportistas en el programa olímpico, fundamentalmente en tenis y golf, deportes considerados compatibles con los cánones de feminidad de la época. La natación, que implicaba trajes de baño y exposición pública del cuerpo en movimiento, era un caso diferente y más conflictivo.
No fue hasta los Juegos de Estocolmo de 1912 cuando la natación femenina entró en el programa olímpico oficial. Fueron dieciséis años de exclusión desde los primeros Juegos modernos hasta que las mujeres pudieron nadar en una piscina olímpica.
La australiana que tuvo que luchar para llegar a Estocolmo
La historia de Fanny Durack ilustra perfectamente las dificultades que enfrentaban las deportistas de principios del siglo XX. Durack era la mejor nadadora del mundo en 1912, con records en los 100 metros que ninguna otra mujer podía acercarse. Pero su propio país, Australia, inicialmente no quería enviarla a los Juegos de Estocolmo.
La Asociación de Natación de Nueva Gales del Sur se opuso a que las mujeres participaran en los Juegos alegando razones de decencia. La postura fue superada gracias en parte a la intervención de Rose Scott, una activista por los derechos de la mujer, y a la presión pública generada por los logros deportivos de Durack.
Cuando finalmente llegó a Estocolmo, Durack ganó los 100 metros libres con una facilidad que puso de manifiesto lo absurdo de la exclusión previa. Su compatriota Mina Wylie ganó la plata. Las dos australianas demostraron que las nadadoras de su país eran las mejores del mundo, independientemente de las restricciones que habían tenido que superar para estar allí.
La expansión gradual del programa femenino
Tras la inclusión de 1912, el programa de natación femenina en los Juegos Olímpicos fue ampliándose gradualmente, aunque mucho más lentamente que el masculino. En Amberes 1920 se añadieron los 300 metros libres y los relevos 4x100 metros libres. Los Juegos de París 1924 incluyeron el backstrokes de 100 metros.
Durante los años 20 y 30, las nadadoras estadounidenses y europeas dominaron las pruebas olímpicas. Gertrude Ederle, que en 1926 se convirtió en la primera mujer en cruzar el Canal de la Mancha a nado batiendo el record masculino, fue una figura que capturó la imaginación pública y demostró que las capacidades de resistencia femeninas eran extraordinarias.
Los Juegos de Berlín 1936, aunque marcados por la propaganda nazi, fueron también el escenario de actuaciones históricas en natación femenina. La holandesa Rie Mastenbroek ganó tres medallas de oro en los 100 metros libres, los 100 metros espalda y los relevos 4x100 libres, además de una plata en los 400 metros libres, en una actuación que la situó entre las mejores nadadoras olímpicas de todos los tiempos.
El debate sobre los trajes de baño y la decencia
Una de las batallas paralelas que tuvieron que librar las nadadoras durante décadas fue la del traje de baño. En los primeros años del siglo XX, los trajes de baño femeninos cubrían gran parte del cuerpo, eran pesados cuando se mojaban y claramente desfavorables para la natación competitiva.
La progresiva reducción del traje de baño femenino para adaptarlo a las necesidades deportivas fue también una lucha cultural. Cada innovación en el diseño, cada reducción en la cantidad de tela, generaba debates sobre la decencia y la moralidad pública. Las nadadoras que querían mejorar sus tiempos necesitaban trajes más aerodinámicos, pero las normas sociales imponían restricciones.
Esta tensión entre las necesidades del rendimiento deportivo y los cánones culturales de la época es una constante en la historia del deporte femenino, y la natación fue uno de sus campos más visibles.
El camino hasta la paridad
El proceso de equiparación del programa femenino al masculino en natación olímpica fue largo. Durante décadas, las mujeres disputaban un número menor de pruebas que los hombres. La paridad completa tardó hasta bien entrado el siglo XX en alcanzarse.
Hoy, el programa olímpico de natación incluye exactamente el mismo número de pruebas para hombres y mujeres. Las nadadoras son algunas de las deportistas más mediáticas de los Juegos, con figuras como Katie Ledecky, que ha dominado las pruebas de distancia con una autoridad que recuerda a los mejores momentos del deporte masculino.
El camino desde la exclusión total de 1896 hasta la plena integración actual es también la historia de un mundo que fue aprendiendo, con más lentitud de la necesaria, que el talento deportivo no tiene género.