El debut olímpico en el Mar Egeo
El 11 de abril de 1896, un pequeño grupo de nadadores se acercó a la orilla del Mar Egeo, cerca del puerto del Pireo en Atenas, preparándose para disputar la primera prueba de natación de los Juegos Olímpicos modernos. No había piscina, no había gradas cubiertas y no había las comodidades que hoy damos por sentadas en cualquier competición deportiva. Había el mar, el frío, las olas y la historia.
Aquella mañana de abril, el agua de la bahía de Zea estaba a aproximadamente 13 grados centígrados. Los competidores no llevaban trajes de neopreno porque no existían. Los organizadores habían trasladado a los participantes desde el Pireo en barco hasta la zona de salida, y desde allí debían nadar hasta la costa.
Era el debut del deporte moderno en uno de los escenarios más insólitos que un deportista puede imaginar.
Alfred Hajós: el arquitecto que nadó por su vida
Entre los competidores que se lanzaron al agua aquel abril de 1896 había un joven húngaro de 18 años llamado Alfred Hajós. Hajós no era solo un nadador, sino un joven de talento polifacético que con el tiempo se convertiría en arquitecto y vencedor de una medalla olímpica en artes, una disciplina que los Juegos incluyeron entre 1912 y 1948.
En 1896, Hajós era ante todo un nadador apasionado. Había aprendido a nadar de manera casi traumática: a los 13 años, su padre se había ahogado en el Danubio, y Hajós decidió que eso no le ocurriría nunca a él. Se volvió un nadador obsesivo, entrenando en el Danubio y desarrollando una técnica que le convirtió en el mejor de su generación en Europa central.
En la primera prueba olímpica de natación, los 100 metros libres, Hajós ganó con un tiempo de 1 minuto y 22,2 segundos. Para un nadador moderno, ese tiempo resulta lentísimo, pero hay que considerar que se nadaba en mar abierto, con olas y corrientes, sin ninguna de las ventajas que proporciona una piscina moderna.
La prueba más exigente fue la de 1200 metros libres. Hajós reconoció después que durante esa prueba su principal preocupación no era ganar sino llegar a la orilla con vida. El agua fría, las corrientes y la distancia creaban unas condiciones que hoy ningún comité olímpico aprobaría para una competición de alto nivel. Hajós ganó igualmente, convirtiéndose en el primer gran doble campeón olímpico de natación de la historia.
La prueba reservada a los marineros griegos
Una de las particularidades más curiosas del programa de natación de los Juegos de 1896 fue la existencia de una prueba de 100 metros libres reservada exclusivamente a marineros de la Marina Real Griega. La idea reflejaba la concepción olímpica de la época, que mezclaba el deporte de competición con tradiciones locales y con la idea de que la natación era también una habilidad militar.
La prueba fue ganada por Ioannis Malokinis, un marinero griego que completó los 100 metros en 2 minutos y 20,4 segundos, un tiempo significativamente más lento que el de Hajós. La inclusión de esta prueba ilustra las contradicciones del movimiento olímpico en sus primeros años, que oscilaba entre la idea del deporte universal y la tentación de incluir elementos particularistas y locales.
Los otros campeones de aquellas aguas
Además de Hajós, otros nadadores protagonizaron momentos históricos en las aguas del Egeo. Paul Neumann, un nadador austriaco, ganó los 500 metros libres. Los participantes venían principalmente de Europa central y del mundo anglosajón, reflejo de dónde el deporte organizado de la natación estaba más desarrollado en esa época.
Las condiciones adversas del agua abierta influyeron notablemente en los resultados. Varios participantes no pudieron terminar las pruebas más largas. El frío extremo y el esfuerzo en agua abierta eran demasiado para algunos competidores que, en unas condiciones más favorables, podrían haber sido más competitivos.
El camino desde el Egeo hasta las piscinas modernas
Después de 1896, los Juegos Olímpicos buscaron entornos de natación más controlados. Los Juegos de París de 1900 se disputaron en el río Sena, que tampoco ofrecía condiciones ideales. No fue hasta la construcción de piscinas específicas para los Juegos cuando la natación olímpica pudo desarrollar todo su potencial como deporte de competición.
La natación en agua abierta, que siguió siendo parte de la cultura deportiva popular, no regresó al programa olímpico oficial hasta los Juegos de Pekín 2008, cuando se incorporó la prueba de 10 kilómetros en mar abierto para hombres y mujeres. De alguna manera, ese retorno a las aguas abiertas conecta el deporte moderno con aquellos primeros nadadores que se lanzaron al frío Mar Egeo en la primavera de 1896, dando inicio a una tradición que ha llegado hasta nuestros días.