Nueve. Nueve títulos mundiales consecutivos. En el Campeonato del Mundo de Rally, en la Fórmula 1, en el MotoGP o en cualquier otra categoría de automovilismo o motociclismo de primer nivel, nadie ha conseguido eso. Sébastien Loeb dominó el WRC durante una década con una consistencia que sus rivales no podían contrarrestar y que los analistas del deporte motorizado todavía hoy tienen dificultades para explicar en toda su magnitud.
El origen: de la gimnasia al volante
Sébastien Loeb nació en 1974 en Haguenau, en Alsacia, Francia. Antes de dedicarse al automovilismo, fue gimnasta de competición, una formación que dejó una huella permanente en su perfil atlético: la coordinación, el equilibrio y la capacidad de leer el espacio en tres dimensiones que desarrolló en la gimnasia le serían útiles al volante de un coche de rally.
Empezó a competir en automóvil a finales de los años noventa, y su progresión fue rápida pero no inmediata. Después de ganar el campeonato de Fórmula Citroën y demostrar su velocidad en categorías de formación, llegó al WRC como piloto de Citroën en 2002. Su primera victoria llegó ese mismo año, en el Rally de Alemania.
Los primeros títulos: 2004 y 2005
El primer título mundial de Loeb llegó en 2004, cuando ganó el campeonato con el Citroën Xsara WRC. En 2005 repitió con el mismo coche y el mismo equipo. Esos dos títulos iniciales podían interpretarse como el comienzo de un dominio, pero también como el resultado de unas circunstancias favorables: un buen coche, un equipo fuerte, quizás una racha de suerte.
Lo que vino después disipó cualquier duda.
La hegemonía: 2006-2012
Entre 2006 y 2012, Sébastien Loeb ganó siete títulos mundiales consecutivos. Siete. Durante ese periodo, cambió el coche —pasando del Xsara al C4 WRC y después al DS3 WRC— pero mantuvo el equipo Citroën y mantuvo, sobre todo, su nivel de rendimiento. Sus rivales en esos años no eran mediocres: Marcus Grönholm, Petter Solberg, Jari-Matti Latvala y Mikko Hirvonen eran pilotos de primer nivel que en otras épocas habrían ganado varios títulos mundiales. Con Loeb en el campo, todos se conformaron con ser segundos.
Su velocidad absoluta en clasificación era habitualmente superior a la del resto del campo. Pero lo que realmente hacía diferente a Loeb era su consistencia. Raramente cometía errores. Raramente dañaba el coche. Raramente perdía puntos en pruebas donde sus rivales acumulaban puntos. Temporada tras temporada, esa suma de velocidad y fiabilidad producía el mismo resultado: el título.
80 victorias: el récord de pruebas ganadas
Además de los nueve títulos, Loeb acumuló 80 victorias en pruebas del WRC, un récord que durante más de una década fue inalcanzable. No ganó en todas las superficies con la misma facilidad: en las pruebas de nieve los pilotos escandinavos a veces lo desafiaban con más éxito. Pero en asfalto, su dominio era casi total, y en tierra y gravilla era igualmente dominante.
El récord de victorias fue finalmente superado por Sébastien Ogier, su compatriota y también piloto de Citroën, lo que dice mucho de la tradición francesa en el rally y de la excelencia del programa de formación de pilotos de ese país.
La retirada y el legado
Loeb se retiró del WRC a tiempo completo a finales de 2012, con nueve títulos en el bolsillo. Tenía 38 años y podría haber seguido compitiendo al más alto nivel, pero consideró que había conseguido todo lo que podía conseguir en el campeonato.
Su legado en el rally es comparable al de Michael Schumacher en la Fórmula 1: un piloto que no solo ganó más que nadie, sino que redefinió lo que era posible en su deporte. Los pilotos que vinieron después de Loeb —Ogier, Tänak, Evans— aprendieron de su modelo: la consistencia por encima del espectáculo, la gestión del campeonato por encima de la victoria en una sola prueba.
Nueve títulos mundiales consecutivos. Un récord que, después de más de una década, todavía espera a alguien que lo iguale.