La variedad de superficies es uno de los rasgos más definitorios del rally como deporte. A diferencia de la Fórmula 1 o el karting, donde los coches siempre ruedan sobre asfalto preparado, el rally se disputa en tres tipos de terreno radicalmente distintos que exigen configuraciones técnicas, estilos de conducción y gestión del neumático completamente diferentes. Esta versatilidad es lo que hace del campeón del mundo de rally un piloto con un dominio técnico especialmente amplio.
La tierra o gravel es la superficie más característica del rally y la que más pruebas concentra en el calendario del WRC. Se trata de carreteras de grava, polvo o laterita africana donde la adherencia varía constantemente y los coches deben derivar en las curvas para buscar la trayectoria óptima. El asfalto es la superficie donde se alcanzan las velocidades más altas, con frenadas más cortas y trayectorias más precisas. Rallies como Montecarlo o el Rally de Croacia se disputan íntegramente sobre asfalto y exigen un dominio técnico completamente distinto al de las pruebas de tierra.
La nieve y el hielo son los terrenos más extremos del calendario. El Rally de Suecia y el Rally del Ártico se corren en condiciones invernales donde la temperatura puede bajar de los menos veinte grados centígrados y la pista cambia de estado a lo largo del día según la temperatura y la exposición solar. Los neumáticos espigados, con clavos metálicos que se clavan en el hielo, son la herramienta fundamental en estas condiciones. Un mismo tramo puede presentar asfalto seco, nieve compacta, hielo y nieve blanda en pocos kilómetros, lo que convierte la lectura del terreno en una habilidad crítica para el piloto.