Si hubiera un premio al deporte más injustamente excluido de los Juegos Olímpicos, el squash sería el candidato favorito de gran parte de la comunidad deportiva mundial. Con 20 millones de jugadores en 185 países, un circuito profesional bien estructurado y un nivel de excelencia técnica que rivaliza con cualquier deporte de raqueta, el squash lleva cuatro décadas llamando a la puerta del COI sin conseguir que nadie le abra.
La historia de esa exclusión es una de las más frustrantes del deporte contemporáneo, y también una de las más reveladoras sobre cómo funcionan los mecanismos de poder que deciden qué deportes merecen el escaparate olímpico y cuáles no.
El argumento del COI: el espectador no puede ver la pelota
El argumento más repetido por el Comité Olímpico Internacional para rechazar el squash ha sido de naturaleza televisiva: la pelota viaja a tal velocidad dentro de una pista cerrada que el espectador en las gradas, y sobre todo el televidente, tiene dificultades para seguir el juego. A diferencia del tenis, donde el estadio rodea la pista y el espectador puede ver toda la acción desde el principio, el squash se disputa en una caja de cristal que impone limitaciones de visibilidad y ángulo.
Este argumento tiene cierta lógica, pero muchos críticos señalan su inconsistencia: el boxeo, la esgrima y el judo son deportes donde la acción también puede ser difícil de seguir para espectadores no iniciados, y todos ellos forman parte del programa olímpico. La traducción de velocidad en squash a lenguaje televisivo es un problema técnico resoluble, no un obstáculo insalvable.
Los grandes momentos de esperanza y decepción
La candidatura más dolorosa fue la de 2005, cuando el squash competía con el golf, el rugby seven, el karate y otras disciplinas por dos plazas disponibles en el programa olímpico de los Juegos de 2012 en Londres. El squash parecía tener muchos argumentos a su favor: era un deporte global, técnicamente exigente, con una estructura profesional sólida y perfectamente ubicado en la cultura deportiva del Reino Unido, el país organizador. El COI eligió golf y rugby seven. El squash quedó fuera.
Las candidaturas para 2016 y 2020 produjeron el mismo resultado. La federación internacional invirtió millones en campañas de lobby, en presentaciones ante el COI y en mejoras tecnológicas diseñadas para hacer el squash más televisivo. Instalaron cámaras de alta velocidad dentro de la pista, desarrollaron sistemas de seguimiento de la pelota similares al Hawk-Eye del tenis y presentaron proyectos de instalaciones olímpicas espectaculares. El COI siguió diciendo no.
La tecnología como argumento
La World Squash Federation ha respondido a las críticas televisivas con inversiones tecnológicas significativas. El seguimiento electrónico de la pelota, similar al Hawk-Eye del tenis o al VAR del fútbol, permite hoy mostrar en pantalla la trayectoria de cada golpe en tiempo real. Las pistas de cristal transparente instaladas en localizaciones icónicas han demostrado que el squash puede ser un espectáculo visual memorable: los torneos celebrados frente al Grand Palais de París o en el interior de pirámides egipcias han generado imágenes extraordinarias y cobertura mediática internacional.
Estos avances han cambiado parte de la conversación, pero todavía no han convencido al COI para dar el paso definitivo.
La candidatura para Los Ángeles 2028
El squash presentó una nueva candidatura para los Juegos de Los Ángeles 2028, y en 2023 recibió la noticia de que había sido incluido en el programa olímpico de esos juegos junto con el béisbol/sóftbol, el críquet, la lacrosse y la bandera de flag football. Tras cuatro décadas de intentos fallidos, el squash finalmente conseguía su plaza olímpica. Para una comunidad que llevaba décadas viviendo el rechazo del COI como una injusticia incomprensible, la noticia fue una combinación de alivio, alegría y una pequeña dosis de incredulidad. El deporte más excluido de la historia olímpica moderna por fin llegaría a los Juegos.