La arrancada, conocida internacionalmente como snatch, es uno de los dos movimientos que componen la halterofilia olímpica. El atleta se coloca frente a la barra con un agarre amplio —más allá de la anchura de los hombros—, flexiona las piernas y, con una secuencia explosiva de extensión de tobillos, rodillas y caderas seguida de un tirón de brazos, catapulta la barra hacia arriba. A continuación se deja caer bajo ella en una sentadilla profunda, recibiendo la carga con los brazos ya extendidos por encima de la cabeza. El juez valida el intento solo cuando el atleta se incorpora y permanece inmóvil con la barra estabilizada.
La ejecución correcta exige una coordinación extraordinaria entre velocidad, potencia y movilidad. En la fase inicial de tracción, los pies casi no se separan del suelo y la espalda mantiene una inclinación precisa para optimizar la trayectoria de la barra. Cuando la barra alcanza la altura de las caderas se produce el llamado segundo tirón, el momento de mayor explosividad, en el que el cuerpo se extiende completamente y la barra recibe el mayor impulso. Inmediatamente después, el atleta cambia de dirección y se hunde bajo la carga antes de que la inercia se agote.
Desde el punto de vista competitivo, cada atleta dispone de tres intentos en la arrancada y el peso de cada uno lo elige él mismo —dentro de ciertas reglas— con incrementos mínimos de un kilogramo. El mejor intento válido se suma al mejor del dos tiempos para obtener el total olímpico, que es la puntuación definitiva. Si un atleta falla los tres intentos de arrancada queda eliminado de la competición, por lo que la gestión táctica de los pesos es tan importante como la preparación física.