El ippon es el resultado más buscado en el judo. Su nombre procede del japonés y significa literalmente «un punto», aunque en la práctica equivale a la victoria total e inmediata: en el momento en que el árbitro anuncia ippon, el combate concluye. No hay vuelta atrás, no hay marcador acumulado que contar, no hay tiempo adicional. Esta inmediatez es lo que hace del ippon uno de los conceptos más apasionantes de las artes marciales.
Para obtener un ippon por proyección, el judoka debe lanzar al rival de forma que este caiga claramente sobre su espalda, con fuerza, velocidad y control. Los tres elementos son necesarios: una proyección que termina en caída lateral o de costado no es ippon, aunque sea espectacular. Si le falta potencia o el rival cae de forma más suave, el árbitro puede otorgar un waza-ari en lugar de ippon. La diferencia entre los dos resulta a veces una cuestión de décimas de segundo y de ángulo de caída.
En el suelo, el ippon se puede lograr de dos maneras. La inmovilización —osaekomi— debe mantenerse durante 20 segundos completos para valer ippon: si el rival escapa antes, solo se obtienen puntos parciales. La rendición ocurre cuando el judoka aplica una llave articular (normalmente en el codo) o un estrangulamiento con tanta eficacia que el rival da dos palmadas, toca el suelo, dice «maitta» (me rindo) o el árbitro decide intervenir para evitar una lesión. En ambos casos el resultado es ippon y la victoria instantánea.