El randori —«práctica libre» o «caos controlado» en japonés— es el método de entrenamiento central del judo y uno de los conceptos pedagógicos más importantes que Jigoro Kano incorporó al diseñar el arte marcial. Antes del judo, las artes de combate japonesas como el jujutsu se practicaban principalmente mediante kata —formas prefijadas con movimientos prescritos—, lo que limitaba la capacidad de aplicar las técnicas en condiciones reales. El randori fue la respuesta de Kano: una práctica semi-libre que permitía entrenar con intensidad y espontaneidad sin el riesgo de lesiones graves que supondría un combate completamente real.
En el randori, dos judokas se visten con el judogi, suben al tatami y practican juntos de forma continua. No hay árbitro, no hay marcador oficial, no hay un ganador declarado. Cada uno intenta aplicar sus técnicas: proyecciones, transiciones al suelo, inmovilizaciones, llaves. El compañero resiste e intenta también sus propias técnicas. El nivel de intensidad puede variar desde una práctica muy tranquila —ideal para probar técnicas nuevas o para practicar con judokas de menor nivel— hasta una práctica casi competitiva entre judokas de nivel similar que se exigen al máximo.
La diferencia entre el randori y el shiai —el combate de competición— es cualitativa, no solo de nombre. En la competición, el objetivo es ganar: esto lleva a los judokas a usar solo sus técnicas más seguras y a evitar riesgos. En el randori, el objetivo es aprender: tiene sentido intentar la técnica que aún no domina uno, explorar combinaciones nuevas o practicar en una posición de desventaja. Por eso los mejores judokas del mundo hacen randori durante años incluso cuando ya son campeones olímpicos: es el laboratorio donde el judo se construye y se refina.