El judo femenino tiene una historia marcada por la contradicción: un deporte fundado por alguien que creía en la práctica mixta desde el principio, pero que tardó más de un siglo en alcanzar la igualdad plena en el escenario olímpico. La trayectoria del judo femenino es, en muchos sentidos, el espejo de la lucha de las mujeres por su lugar en el deporte de competición.
Jigoro Kano abrió la sección femenina del Kodokan en 1893, apenas once años después de fundar el judo. Para él no había razón alguna para excluir a las mujeres de un sistema de educación física basado en la eficiencia y el desarrollo personal. Sin embargo, la comunidad internacional tardó mucho más en asumir esa visión.
Los primeros campeonatos del mundo femeninos
Mientras el judo masculino ya era deporte olímpico desde Tokio 1964, el femenino tardó décadas en organizarse a nivel competitivo internacional. El primer Campeonato del Mundo femenino de judo se celebró en Nueva York en 1980, con doce países participantes. Fue un hito fundacional: demostró que existía un nivel competitivo suficiente y una demanda real de competición internacional femenina.
Las primeras campeonas mundiales procedían principalmente de Europa occidental —Francia, Alemania, Gran Bretaña— y de Japón. La escuela francesa, con su tradición de judo técnico y su enorme base de practicantes, pronto se convirtió en potencia dominante. Las judokas japonesas, herederas del país fundador, también marcaron el ritmo desde el principio.
La creación de los campeonatos del mundo femeninos fue el argumento definitivo para la inclusión olímpica. La IJF presionó al Comité Olímpico Internacional y consiguió primero el estatus de deporte de demostración en Los Ángeles 1984, donde el judo femenino se mostró ante el mundo en el mayor escenario posible.
La entrada en los Juegos Olímpicos
Seúl 1988 marcó el punto de inflexión definitivo. El judo femenino entró en el programa olímpico oficial con siete categorías de peso, exactamente las mismas que el masculino. La decisión del COI reconocía tanto el nivel competitivo alcanzado como el enorme trabajo de promoción realizado por la IJF y las federaciones nacionales.
La incorporación no estuvo exenta de debate. Algunos sectores conservadores del judo —especialmente en Japón— argumentaban que la competición de alto nivel no era apropiada para las mujeres, reproduciendo prejuicios que el propio Kano habría rechazado. Pero el nivel de las primeras judokas olímpicas acalló rápidamente esas voces: la calidad técnica era incuestionable y el espectáculo, emocionante.
Las grandes figuras del judo femenino
El judo femenino olímpico ha producido algunas de las figuras más extraordinarias de toda la historia de los deportes de combate. Ryoko Tani (Japón) ganó dos oros olímpicos, cinco títulos mundiales y seis campeonatos de Asia en la categoría de menos de 48 kilos, convirtiéndose en la judoka femenina más laureada de la historia. Kayla Harrison (Estados Unidos) se convirtió en 2012 en la primera norteamericana en ganar un oro olímpico en judo, hazaña que repitió en Río 2016.
En Europa, las francesas han dominado durante décadas con figuras como Lucie Décosse y Clarisse Agbégnénou, esta última campeona olímpica en Tokio 2020 y símbolo de la nueva generación. La cubana Driulis González y la española Isabel Fernández añadieron diversidad geográfica a los pódiums olímpicos.
La paridad como modelo
Hoy el judo es uno de los deportes olímpicos que ofrece el mismo número de medallas para hombres y mujeres. Los siete categorías de peso femeninas tienen el mismo estatus, la misma puntuación en el ranking IJF y la misma visibilidad mediática que las masculinas. En los Juegos de Tokio 2020 se añadió además la prueba mixta por equipos, en la que hombres y mujeres compiten juntos como nación, cerrando el círculo de igualdad que Kano había imaginado 130 años antes.