Un joven frágil con una gran idea
En la Japón de los años 1870, Jigoro Kano era un joven de constitución menuda que sufría constantemente las consecuencias de su tamaño. Nacido en 1860 en Mikage, una pequeña localidad cercana a la ciudad de Kobe, Kano creció sintiéndose físicamente vulnerable frente a compañeros más grandes y fuertes. Esta experiencia personal de debilidad fue, paradójicamente, el origen del arte marcial que cambiaría el mundo.
Cuando llegó a Tokio para estudiar en la universidad, Kano comenzó a buscar un maestro de jujutsu, el arte marcial tradicional de los guerreros japoneses. Su objetivo inicial era práctico: aprender a defenderse. Estudió con varios maestros de escuelas distintas, absorbiendo técnicas y filosofías diferentes. Pero cuanto más aprendía, más insatisfecho se sentía con el sistema existente.
El jujutsu tradicional era un conjunto de técnicas dispersas, muchas de ellas potencialmente letales, sin una filosofía unificadora ni un sistema de entrenamiento que permitiera practicarlo con seguridad y efectividad real. Kano quería algo diferente.
El Kodokan: la escuela que lo cambió todo
En 1882, con solo 22 años, Jigoro Kano fundó el Kodokan en Tokio. El nombre significa literalmente “el lugar para aprender el camino” y fue el primer hogar institucional del nuevo arte marcial que Kano había concebido.
El judo que Kano enseñaba en el Kodokan era diferente del jujutsu en varios aspectos fundamentales. El primero era la eliminación de las técnicas más peligrosas. Kano no quería enseñar un sistema de combate letal sino un método de educación física y moral. Las técnicas de golpe que podían romper huesos o matar quedaron fuera del judo de práctica.
El segundo aspecto fundamental era el randori, el entrenamiento libre con compañero. En el jujutsu tradicional, el entrenamiento se hacía principalmente mediante kata, formas preestablecidas que se practicaban sin resistencia real. Kano introdujo el randori como el corazón del entrenamiento: los estudiantes practicaban las proyecciones y las inmovilizaciones contra un compañero que resistía y atacaba de verdad, lo que generaba una experiencia de aprendizaje mucho más efectiva y, con las reglas adecuadas, segura para ambos.
El tercer elemento definitorio fue filosófico. Kano formuló dos principios rectores del judo: la máxima eficiencia con el mínimo esfuerzo, y el bienestar mutuo y la prosperidad. El judo no era solo un método de combate sino un camino de desarrollo personal donde la mejora técnica iba acompañada de un crecimiento moral.
La gran demostración: el Kodokan contra las escuelas de jujutsu
El judo de Kano no tardó en ser reconocido como superior al jujutsu tradicional, pero el camino hasta ese reconocimiento pasó por un momento dramático. En 1886, el Departamento de Policía Metropolitana de Tokio organizó un torneo de jujutsu para decidir qué escuela enseñaría técnicas de defensa personal a sus agentes.
El Kodokan envió a sus mejores judokas a competir contra los representantes de las escuelas de jujutsu más reputadas de Tokio. El resultado fue aplastante: los judokas ganaron casi todos los combates. La victoria demostró que el sistema de entrenamiento con randori de Kano era más efectivo para preparar combatientes reales que el entrenamiento de kata del jujutsu tradicional.
A partir de ese momento, el judo comenzó a ganar reputación en Japón y el Kodokan se convirtió en la escuela de artes marciales más influyente del país.
Kano como embajador global del deporte
Jigoro Kano no se conformó con crear el judo en Japón. Tenía una visión global del deporte y de la educación física. En 1909 se convirtió en el primer miembro asiático del Comité Olímpico Internacional, cargo que ocupó hasta su muerte en 1938. Desde esa posición, trabajó activamente para que Japón pudiera organizar unos Juegos Olímpicos y para promover el deporte como herramienta de paz y entendimiento entre los pueblos.
Kano viajó extensamente por Europa y América, demostrando el judo y explicando su filosofía. Su esfuerzo para internacionalizar el judo fue fundamental para que el deporte se extendiera mucho más allá de las fronteras japonesas. Cuando murió en 1938, el Kodokan tenía miles de alumnos y el judo ya había llegado a Europa y América.
El sueño de Kano de ver el judo en los Juegos Olímpicos se cumplió póstumamente: en 1964, los Juegos de Tokio incluyeron por primera vez el judo en el programa olímpico. No podía haber habido una sede más apropiada para ese debut.