El judo cruza el océano: primeros pasos en Europa
La expansión del judo fuera de Japón comenzó antes de lo que podría pensarse. El propio Jigoro Kano fue un viajero incansable y un embajador apasionado de su creación. Durante sus múltiples viajes a Europa (1889, 1906, 1912) y América, Kano organizó demostraciones de judo ante públicos sorprendidos por la eficacia de un sistema que permitía a hombres menudos proyectar a adversarios mucho más corpulentos.
En Paris, a principios del siglo XX, el interés por el judo y el jiu-jitsu creció rápidamente. En 1905, el japonés Sada Miyake abrió una escuela en París que atrajo a curiosos y entusiastas, iniciando la tradición del judo francés que con el tiempo produciría la selección nacional más laureada del deporte a nivel mundial. El judo francés desarrolló su propia identidad, con un énfasis en el trabajo de suelo y una pedagogía que se adaptó bien al sistema educativo y deportivo francés.
En Gran Bretaña, el interés por las artes marciales japonesas generó una figura pionera: el japonés Yukio Tani, que realizó exhibiciones en circos y teatros de variedades demostrando la eficacia del jiu-jitsu ante retadores de toda clase. Estas demostraciones populares, aunque a veces mezclaban judo y jiu-jitsu de forma imprecisa, generaron un enorme interés por las artes marciales japonesas entre el público europeo.
El judo llega a América: Brasil y Estados Unidos
En el continente americano, el judo encontró dos focos de desarrollo muy distintos. En Brasil, la llegada del japonés Mitsuyo Maeda en 1914 tuvo consecuencias históricas imprevistas. Maeda, ex alumno del Kodokan y hábil luchador, enseñó sus técnicas a la familia Gracie, que las adaptó y desarrolló en lo que hoy conocemos como el Brazilian Jiu-Jitsu (BJJ), una rama que tomó su propio camino y se convirtió en uno de los pilares del MMA moderno.
En Estados Unidos, el judo se difundió principalmente entre la comunidad japonesa-americana (Nisei) y a través de las fuerzas armadas. Durante la Segunda Guerra Mundial, el ejército norteamericano incorporó técnicas de combate cuerpo a cuerpo derivadas del judo en el entrenamiento de sus soldados. Tras la guerra, los veteranos contribuyeron a extender el deporte por todo el país, y hoy Estados Unidos cuenta con una de las federaciones nacionales más importantes del mundo.
La Federación Internacional y la estandarización mundial
A medida que el judo se extendía por el mundo, la necesidad de un organismo internacional que coordinara las competiciones y estandarizara las reglas se hizo evidente. En 1951, tres años después de la muerte de Jigoro Kano (fallecido en 1938), se fundó la Federación Internacional de Judo (IJF) en Tokio, bajo la presidencia de Risei Kano, hijo del creador del deporte.
La fundación de la IJF fue el primer paso hacia la inclusión del judo en los Juegos Olímpicos, un objetivo que los dirigentes japoneses del deporte perseguían como reconocimiento de la contribución del Japón al patrimonio deportivo mundial. Las gestiones comenzaron en la década de 1950 y culminaron con el anuncio de que el judo estaría en el programa de los Juegos de Tokio 1964, que marcaban el regreso de Japón al olimpismo tras la Segunda Guerra Mundial.
Tokio 1964: el bautismo olímpico y la sorpresa de Anton Geesink
Los Juegos Olímpicos de Tokio 1964 debían ser el triunfo absoluto del judo japonés en casa. Las cuatro categorías masculinas disputadas eran la oportunidad para que Japón demostrara al mundo la supremacía de su arte marcial. Y en tres de las cuatro categorías, los japoneses ganaron el oro sin demasiadas dificultades.
Pero en la categoría de peso abierto —la más prestigiosa, sin límite de peso— ocurrió algo que conmocionó al público japonés y al mundo del judo: el holandés Anton Geesink derrotó al japonés Akio Kaminaga en la final para ganar el oro olímpico. Era la primera vez que un no japonés ganaba el máximo título en judo, y el impacto fue enorme. Las imágenes de Geesink inmovilizando a Kaminaga ante un público japonés en silencio son de las más icónicas de la historia olímpica.
La victoria de Geesink tuvo un efecto paradójico: en lugar de dañar al judo, lo catapultó a la popularidad mundial. Demostró que el deporte había trascendido sus fronteras de origen y que cualquier país podía aspirar a competir con Japón, lo que animó a miles de nuevos practicantes en todo el mundo.
El judo femenino y la conquista olímpica completa
El judo femenino tuvo un largo camino hacia el reconocimiento institucional. Las mujeres practicaban judo desde los primeros tiempos del Kodokan —el propio Kano les dio clases—, pero el deporte femenino no se organizó competitivamente a nivel internacional hasta la segunda mitad del siglo XX. El primer Campeonato del Mundo femenino se disputó en 1980 en Nueva York, y doce años después, en los Juegos de Barcelona 1992, el judo femenino entró finalmente en el programa olímpico.
Con su inclusión olímpica, el judo femenino dio un salto cualitativo enorme. Selecciones como Cuba, Francia, Japón y en años posteriores Kosovo, Israel y Estados Unidos han producido campeonas olímpicas que se han convertido en figuras de referencia del deporte internacional. El judo es hoy uno de los deportes olímpicos con mayor paridad de género tanto en la participación como en la atención mediática.