La llegada del karate a España: los años 60
El karate llegó a España durante los años 60, en un contexto en que las artes marciales japonesas comenzaban a difundirse por toda Europa occidental. Los primeros practicantes fueron, en su mayoría, militares que habían tenido contacto con el arte marcial durante estancias en Japón o en bases internacionales, y pioneros civiles que descubrieron el karate a través de revistas especializadas o de contactos con maestros europeos que ya lo practicaban.
Las primeras escuelas formales se abrieron en Madrid y Barcelona, las dos grandes capitales que ejercieron de nodos de difusión hacia el resto del territorio. Los dojos de esta época eran modestos, con tatamis improvisados y maestros que habían aprendido el arte de forma autodidacta o a través de cursos con maestros japoneses de visita. El ambiente era de auténtica exploración: el karate era algo nuevo y exótico, sin la estructura pedagógica ni el reconocimiento social que tendría décadas después.
En 1965 se constituyó la Real Federación Española de Karate (RFEK), el organismo que comenzaría a organizar la actividad competitiva de forma reglada. La federación se afilió progresivamente a las estructuras internacionales, permitiendo a los karatekas españoles participar en los primeros campeonatos europeos y mundiales que comenzaron a organizarse durante esa década.
Crecimiento y consolidación: los años 70 y 80
Los años 70 representaron un salto cualitativo para el karate en España. La popularización de las películas de artes marciales —con Bruce Lee como referente cultural de primera magnitud— generó un interés masivo que disparó el número de practicantes en todo el país. Los gimnasios de karate proliferaron en ciudades y pueblos, y el deporte dejó de ser una práctica de nicho para convertirse en una actividad accesible para una generación entera de jóvenes.
Durante esta época, España comenzó a producir sus primeros karatekas de nivel internacional. La escuela española se fue definiendo con un estilo propio, con especial énfasis en el kata —la ejecución de secuencias técnicas coreografiadas— que más adelante daría sus frutos más brillantes. Entrenadores y maestros formados en Japón comenzaron a establecerse en España, elevando la calidad técnica de la enseñanza nacional.
En los años 80, España empezó a aparecer en los puestos de honor de los campeonatos de Europa. La competición de kata femenino fue el terreno donde los primeros logros internacionales significativos comenzaron a acumularse, sentando las bases de lo que vendría en las décadas siguientes.
La era dorada: de los años 90 al siglo XXI
Los años 90 y la primera década del siglo XXI convirtieron a España en una potencia mundial reconocida del karate. Los resultados en Campeonatos de Europa y del Mundo se multiplicaron, y nombres como Sandra Sánchez, Damián Quintero o Rafael Aghayev —de origen azerbaiyano pero formado en parte en España— se convirtieron en referencias del karate mundial.
La Real Federación Española de Karate consolidó un sistema de detección y formación de talentos que permitía canalizar a los mejores practicantes hacia el alto rendimiento desde edades tempranas. Los Centros de Alto Rendimiento (CAR) de Madrid y Barcelona acogieron a los karatecas de élite, y el programa de tecnificación deportiva fue reconocido internacionalmente como modelo a seguir.
En 2006, el karate fue reconocido como deporte olímpico de cara a los Juegos de Tokio 2020, un reconocimiento que generó una enorme expectación en la comunidad karateca española, que veía la oportunidad de que sus figuras brillaran en el escenario más grande del deporte.
El oro olímpico de Tokio 2020: la cumbre del karate español
La inclusión del karate en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 —celebrados en 2021 por la pandemia de COVID-19— representó el momento cumbre de la historia del karate en España. Sandra Sánchez, natural de Talavera de la Reina, se convirtió en campeona olímpica de kata femenino en una actuación histórica que cerró su palmarés ya de por sí excepcional con el mayor título posible.
Para un deporte que había crecido desde los modestos dojos de los años 60, el oro olímpico de Sánchez fue el reconocimiento de décadas de trabajo colectivo: generaciones de practicantes, entrenadores, jueces y gestores que habían construido la estructura sobre la que esta figura se sostenía. Damián Quintero también llegó a la final de kata masculino, donde fue superado por el saudí Antonio Díaz en una actuación que le valió la medalla de plata y que subrayó la profundidad del kata español.
La paradoja amarga de este hito fue que Tokio 2020 resultó ser la única edición olímpica donde el karate estuvo presente: el COI no incluyó el deporte en el programa de París 2024, dejando a los karatekas españoles sin posibilidad de defender sus medallas en la siguiente cita olímpica. La lucha por la reinserción del karate en el programa olímpico sigue siendo una prioridad de la comunidad karateca mundial.
El karate en España hoy
España cuenta con más de 200.000 practicantes federados de karate y una red de clubes que cubre prácticamente todo el territorio nacional. La RFEK organiza anualmente los campeonatos de España en todas las categorías de edad, y los karatekas españoles siguen siendo referencia en las competiciones de la World Karate Federation (WKF) y de la European Karate Federation (EKF).
El karate español también tiene una dimensión cultural y educativa importante: miles de niños y jóvenes practican el arte marcial en clubes y colegios, con un enfoque pedagógico que va más allá de la competición y abarca valores como el respeto, la disciplina y la superación personal. Esta base amplia de practicantes es la cantera que ha alimentado, y seguirá alimentando, la presencia española en la élite mundial del karate.