El karate en las universidades japonesas: la era de los grandes maestros
La decisión de Gichin Funakoshi de instalarse en Tokio tras su exhibición de 1922 fue el germen de la expansión universitaria del karate en Japón. Los clubes de karate de las grandes universidades tokienses —Keio, Waseda, Hosei— se convirtieron en viveros de talento y en espacios de debate sobre la dirección técnica y filosófica del arte. La competitividad entre las universidades generó un impulso hacia la innovación y la sistematización que enriqueció el karate.
Sin embargo, los primeros años de expansión en Japón continental también generaron tensiones. Diferentes maestros okinawenses que enseñaban en el continente desarrollaron sus propios sistemas y estilos, negándose a aceptar la primacía de Funakoshi y su estilo Shotokan. Esta diversidad, que reflejaba la riqueza del “te” original okinawense, derivó en una fragmentación que ha caracterizado al karate hasta la actualidad y que ha complicado su organización institucional.
Los cuatro estilos que con el tiempo se convirtieron en los más influyentes y reconocidos son:
- Shotokan: el estilo de Funakoshi, con posiciones bajas y largas, énfasis en la potencia y la linealidad.
- Goju-ryu: fundado por Chojun Miyagi, combina la dureza del estilo duro con la suavidad del estilo blando chino. Su nombre significa precisamente “estilo duro-blando”.
- Shito-ryu: fundado por Kenwa Mabuni, integra las tradiciones de Shuri-te y Naha-te y es el estilo con mayor número de katas en su repertorio.
- Wado-ryu: fundado por Hironori Otsuka, integra principios del judo y el jiu-jitsu, con movimientos más fluidos y evasivos.
La expansión mundial: soldados, películas y demostraciones
La difusión global del karate se produjo principalmente tras la Segunda Guerra Mundial, por dos vías complementarias. La primera fue la presencia de soldados americanos estacionados en Japón y Okinawa durante la ocupación (1945-1952), muchos de los cuales aprendieron karate de los maestros locales y lo llevaron de vuelta a sus países. Esta transmisión militar fue especialmente intensa en Okinawa, donde el estilo Shorin-ryu y otros estilos locales encontraron en los militares americanos sus primeros alumnos occidentales.
La segunda vía fue el cine. Las películas de artes marciales japonesas y, sobre todo, la popularidad global de Bruce Lee a principios de los años 1970 —aunque Lee practicaba principalmente kung fu, no karate stricto sensu— generaron un interés masivo por las artes marciales asiáticas que benefició enormemente al karate. Los dojos proliferaron en Europa y América a lo largo de la década de 1970, con maestros japoneses que viajaban al extranjero para enseñar o que enviaban a sus discípulos avanzados como representantes.
En España, el karate llegó principalmente a través de Japón y Francia en la década de 1960, y creció explosivamente durante los años 1970. España se convirtió en uno de los países europeos con mayor número de practicantes y ha mantenido desde entonces una presencia relevante en el panorama mundial del karate.
Las federaciones y la lucha por la unidad
Uno de los grandes problemas históricos del karate como deporte ha sido su fragmentación institucional. La multiplicidad de estilos y las rivalidades entre organizaciones internacionales impidieron durante décadas la creación de un organismo único reconocido por el Comité Olímpico Internacional (COI). Hasta cuatro organizaciones diferentes reclamaban en distintos momentos la representación del karate mundial, una situación que el COI consideraba incompatible con el reconocimiento olímpico.
La Federación Mundial de Karate (WKF) fue fundada en 1990 como resultado de un largo proceso de negociación y unificación. Aunque algunos importantes estilos y organizaciones quedaron fuera de su paraguas —notablemente la Japan Karate Association (JKA) de estilo Shotokan y las organizaciones afiliadas a Kyokushin—, la WKF logró el reconocimiento del COI y comenzó el largo camino hacia la inclusión olímpica.
Tokio 2020: el sueño olímpico, finalmente cumplido
Tras décadas de candidaturas fallidas, el karate fue incluido en el programa de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 (celebrados en el verano de 2021 por la pandemia). La elección de Tokio como sede fue determinante: el COI accedió a incluir el karate como disciplina adicional al programa base en homenaje al país que lo había desarrollado y difundido por el mundo.
El torneo olímpico disputó competiciones en dos modalidades: kata (formas técnicas evaluadas por jueces) y kumite (combate de contacto controlado) en distintas categorías de peso. Los resultados reflejaron la distribución global del talento: España, Francia, Turquía, Japón y Azerbaijan se repartieron los oros, en un torneo que atrajo una atención significativa y demostró el nivel técnico alcanzado por el deporte.
La decepción llegó cuando el COI decidió no incluir el karate en el programa de París 2024, optando por dar espacio al breakdance como nueva disciplina urbana. Esta decisión dejó al karate en una situación de incertidumbre sobre su futuro olímpico, mientras sus dirigentes trabajan para recuperar la inclusión en los Juegos de Los Ángeles 2028.