Los 42,195 kilómetros: historia de un número accidental
Pocas medidas en el deporte son tan arbitrarias y, al mismo tiempo, tan veneradas como los 42,195 kilómetros del maratón. Este número no surgió de ningún cálculo científico ni de ninguna tradición ancestral: es el fruto de las circunstancias particulares de unos Juegos Olímpicos celebrados en Londres hace más de un siglo.
Las distancias variables de los primeros maratones olímpicos
Cuando Pierre de Coubertin y su comité organizador rescataron el maratón como prueba olímpica para los Juegos de Atenas 1896, fijaron un recorrido aproximado de 40 kilómetros basándose en la distancia entre la llanura de Maratón y la ciudad de Atenas según las fuentes clásicas. El griego Spiridon Louis recorrió esa distancia en 2 horas, 58 minutos y 50 segundos para llevarse el primer oro olímpico del maratón moderno.
En los sucesivos Juegos Olímpicos, la distancia varió considerablemente:
- París 1900: 40,26 km
- San Luis 1904: 40 km
- Atenas 1906 (Juegos intercalados): 41,86 km
- Londres 1908: 42,195 km (la distancia que lo cambió todo)
- Estocolmo 1912: 40,2 km
- Amberes 1920: 42,75 km
No fue hasta 1921 cuando la IAAF (hoy World Athletics) fijó definitivamente la distancia estándar en los 42,195 km londinenses.
Londres 1908: el origen del número mágico
La historia de los 42,195 km comienza en el verano de 1908, cuando los organizadores de los Juegos Olímpicos de Londres tuvieron que diseñar el recorrido del maratón. El príncipe de Gales solicitó que la salida se situara en los jardines del castillo de Windsor, frente a las habitaciones de los infantes reales, para que los niños de la familia real pudieran ver el inicio de la carrera desde sus ventanas.
La llegada, por su parte, debía producirse en el estadio olímpico de White City, frente al palco real donde estaban sentados el rey Eduardo VII y los dignatarios de los países participantes. Cuando los organizadores trazaron sobre el mapa el recorrido exacto entre estos dos puntos, la distancia resultante fue de 26 millas y 385 yardas, equivalente a 42,195 kilómetros.
Esta medida caprichosa, determinada por las preferencias protocolarias de la familia real británica, se convirtió en el estándar universal del maratón moderno. Aunque hubo resistencias iniciales y varios Juegos posteriores utilizaron distancias diferentes, en 1921 la IAAF adoptó definitivamente los 42,195 km como la distancia oficial del maratón.
La curiosa carrera de Londres 1908
Más allá de la anécdota de la distancia, la maratón de Londres 1908 es recordada por uno de los momentos más dramáticos en la historia olímpica. El italiano Dorando Pietri llegó en primer lugar al estadio, pero entró completamente agotado y desorientado: giró en la dirección equivocada, cayó al suelo hasta cinco veces, y solo consiguió cruzar la meta con la ayuda de los oficiales de la carrera. Fue descalificado por recibir asistencia, pero su historia conmovió al mundo y la reina Alejandra le entregó personalmente una copa de plata como reconocimiento a su heroico esfuerzo.
Cómo se certifica un recorrido oficial hoy
La World Athletics y la AIMS (Association of International Marathons and Distance Races) han desarrollado un sistema riguroso para garantizar que todos los recorridos oficiales de maratón miden exactamente la distancia establecida.
El método Jones Counter es el estándar internacional. Consiste en equipar una bicicleta con un dispositivo contador calibrado con precisión milimétrica. Un juez medidor certificado por la AIMS recorre el trazado más corto posible dentro del recorrido legal, midiendo la distancia con una precisión de fracciones de metro.
Los requisitos básicos para la certificación son:
- Tolerancia de exceso: el recorrido debe medir al menos 42,195 km, con un exceso permitido del 0,1% (unos 42 metros extra) para garantizar que ningún corredor corra menos de la distancia oficial.
- Punto de separación más corto (SCPF): el recorrido debe ser medido siguiendo siempre la línea más corta posible que un corredor podría tomar legalmente.
- Calibración en condiciones similares: la bicicleta se calibra en un tramo de prueba bajo condiciones de temperatura similares a las previstas para la carrera.
- Doble verificación: los recorridos de alto nivel (especialmente aquellos donde se pueden batir récords) requieren una segunda medición independiente.
La importancia de la certificación para los récords
Para que una marca pueda ser homologada como récord del mundo o récord continental, el recorrido donde se consigue debe estar certificado según los estándares AIMS. Sin esta certificación, por muy rápido que se corra, el tiempo no puede ser reconocido como récord oficial.
Esta exigencia ha cobrado especial relevancia en los últimos años, cuando las zapatillas con placa de carbono y los recorridos especialmente diseñados para la velocidad han acercado las marcas a la barrera de las 2 horas. Los organizadores de los grandes maratones invierten recursos considerables en certificar y optimizar sus recorridos, sabiendo que un kilómetro mal medido puede invalidar la marca más brillante de la historia.