Khabib Abdulmanapovich Nurmagomedov nació el 20 de septiembre de 1988 en Sil’di, una pequeña aldea del Daguestán, en el norte del Cáucaso ruso. Creció en un entorno donde las artes marciales no eran un hobby sino una forma de vida transmitida de generación en generación. Su padre, Abdulmanap Nurmagomedov —un maestro del sambo y el judo—, comenzó a entrenarle desde que era un niño pequeño, construyendo los cimientos de lo que sería la carrera más perfecta de la historia de las MMA.
El sambo como base de un sistema imbatible
La particularidad del estilo de Khabib Nurmagomedov se entiende mejor si se conoce el sambo, el arte marcial de origen soviético que combina técnicas de lucha grecorromana, judo y jiu-jitsu en una sola disciplina. Desde pequeño, Khabib practicó el sambo bajo la tutela de su padre, desarrollando una capacidad de derribo y control en el suelo que sus futuros rivales en la UFC nunca fueron capaces de neutralizar.
Cuando añadió a esa base el wrestling americano y el jiu-jitsu brasileño, el resultado fue un sistema de combate absolutamente original: una mezcla de fuerza explosiva, técnica de lucha impecable y una resistencia física construida con miles de horas de entrenamiento en las montañas del Daguestán. Khabib corría por terrenos de alta montaña, entrenaba con los mejores luchadores de su región y forjaba su cuerpo y su mente en condiciones que muy pocos atletas del mundo habrían sido capaces de soportar.
El camino hacia el cinturón
Khabib llegó a la UFC en 2012 y desde el primer momento quedó claro que era diferente. Sus derribos eran imposibles de detener —ningún rival en toda su carrera pudo resistir el 100% de sus intentos de takedown—, su posición sobre el rival en el suelo era aplastante y su capacidad para golpear desde esa posición mientras controlaba completamente al oponente era devastadora física y psicológicamente.
Ganó sus primeros diez combates en la UFC de manera convincente, pero las lesiones y los problemas de peso retrasaron su oportunidad titular. Cuando finalmente llegó, en abril de 2018, no la desaprovechó: derrotó a Al Iaquinta para coronarse campeón del mundo del peso ligero y comenzar un reinado que nadie conseguiría interrumpir.
La defensa del trono y los grandes duelos
Como campeón, Khabib derrotó a tres de los mejores peleadores de la historia de la categoría. El primero fue Conor McGregor, en UFC 229 (octubre de 2018), en uno de los combates más mediáticos de la historia de las MMA. Khabib dominó los cuatro asaltos que duró el combate y lo terminó con una llave al cuello en el cuarto round. La pelea posterior al combate —donde ambas esquinas se involucraron en altercados en el octágono— ensombreció el resultado deportivo, pero no la realidad de la actuación de Nurmagomedov.
Las dos defensas siguientes fueron igualmente convincentes: venció a Dustin Poirier y a Justin Gaethje con la misma naturalidad aplastante. Con Gaethje, en UFC 254 (octubre de 2020), terminó la pelea con una triángulo en el primer asalto y anunció inmediatamente después su retirada.
El retiro y el legado perfecto
“Hoy es el día más duro de mi vida, pero prometí a mi madre que esta sería mi última pelea”, dijo Khabib entre lágrimas en la jaula de Abu Dhabi. Su padre había muerto meses antes, y él se había comprometido a no pelear más sin él en el rincón. Cumplió su promesa con el récord más perfecto de la historia del peso ligero: 29-0, campeón indiscutible, sin una sola derrota en toda su carrera.
The Eagle es, para la mayoría de analistas y aficionados, el mejor peleador de peso ligero de la historia y uno de los candidatos más sólidos al título de mejor peleador de todos los tiempos en las MMA. Su legado es tan limpio como su récord.