Hay momentos en la historia del deporte que cambian la comprensión de lo que es humanamente posible. El 16 de octubre de 1986, cuando Reinhold Messner alcanzó la cima del Lhotse, la decimocuarta y última de las montañas por encima de los ocho mil metros, fue uno de esos momentos. Lo había hecho todo sin oxígeno suplementario. Nadie lo había hecho antes. Nadie volvería a repetirlo exactamente igual.
Los catorce ochomiles: el inventario de los techos del mundo
Los catorce ochomiles son el exclusivo club de montañas que superan los 8.000 metros de altitud sobre el nivel del mar. Todas están en Asia, distribuidas entre el Himalaya y el Karakórum. La más alta es el Everest (8.849 m, Nepal/Tibet); la más baja del listado es el Shishapangma (8.027 m, Tibet); y la más peligrosa, por su tasa de mortalidad histórica, es el Annapurna (8.091 m, Nepal), que durante décadas tuvo una tasa de mortalidad superior al 40%.
La primera en ser coronada fue el Annapurna en 1950, por la expedición francesa de Maurice Herzog y Louis Lachenal. El último ochomil en caer fue el K2, durante décadas considerado más difícil que el Everest, coronado en 1954 por la expedición italiana con Achille Compagnoni y Lino Lacedelli.
La expedición al Nanga Parbat de 1970: el precio inicial
La historia de Messner con los ochomiles comenzó con una tragedia. En 1970, con veintiséis años, participó en una expedición alemana al Nanga Parbat (8.126 m, Pakistán). Alcanzó la cima junto a su hermano Günther, pero en el descenso por la cara Diamir, Günther murió aplastado por un alud. Reinhold llegó al valle con los pies congelados: perdió siete dedos de los pies.
Esta experiencia traumática no le alejó de la montaña, sino que definió su filosofía: alpinismo de estilo alpino (sin grandes expediciones de logística, sin porteadores de altura, sin oxígeno), con la montaña en sus propios términos.
El primer ochomil sin oxígeno: Everest, 1978
En 1978, Messner y el austriaco Peter Habeler realizaron lo que muchos médicos y alpinistas de la época consideraban imposible: ascender al Everest sin oxígeno suplementario. La comunidad científica pensaba que el cerebro humano no podía funcionar mínimamente por encima de los 8.500 metros sin ayuda de oxígeno artificial.
Messner y Habeler demostraron que era posible. Tardaron más, sufrieron más, las alucinaciones y la desorientación los acompañaron en los tramos finales, pero llegaron a la cima. El alpinismo nunca volvió a ver el oxígeno de la misma manera.
En 1980, Messner subió el Everest de nuevo, en solitario y sin oxígeno, por la cara norte. Tardó tres días en subir y bajar desde el Campo Base avanzado. Es posiblemente la mayor proeza individual del alpinismo del siglo XX.
El sprint final hacia los catorce
Entre 1982 y 1986, Messner completó los ochomiles restantes a ritmo acelerado, en una competencia callada con el polaco Jerzy Kukuczka, que también intentaba completar la colección. Kukuczka terminó los catorce en 1987, un año después que Messner, convirtiéndose en el segundo en conseguirlo.
El 16 de octubre de 1986, Messner alcanzó la cima del Lhotse (8.516 m) y completó el listado. Tenía cuarenta y dos años. El proyecto que había comenzado de manera no premeditada dieciséis años antes llegaba a su fin en la cima de la cuarta montaña más alta del mundo.
El legado de Messner
Los catorce ochomiles completados por Messner son hoy un objetivo para una élite de alpinistas. Nirmal “Nims” Purja batió en 2019 todos los récords anteriores completando los catorce en solo 6 meses y 6 días, pero lo hizo usando oxígeno suplementario en la mayoría de ellos, lo que mantiene intacta la singularidad del logro original de Messner.
Más de treinta alpinistas han completado los catorce ochomiles hasta la fecha. El alpinismo sin oxígeno sigue siendo la forma más pura y la más peligrosa de ascender las montañas más altas del mundo.