La montaña no diferencia entre alpinistas de élite y turistas ocasionales cuando se trata del mal de altura. La condición física no protege contra él: la única variable que importa es la velocidad de ascensión y la capacidad individual de aclimatación, que varía enormemente de persona a persona.
Qué es el mal de altura
A medida que ascendemos, la presión atmosférica disminuye y con ella la cantidad de moléculas de oxígeno disponibles por respiración. Por encima de los 3.000 metros, el organismo debe adaptarse a este déficit reduciendo el ritmo cardíaco y respiratorio, produciendo más glóbulos rojos y ajustando la química de la sangre. Cuando este proceso de aclimatación no tiene tiempo suficiente, aparece el Mal Agudo de Montaña (MAM).
Los tres síndromes de altitud
Mal Agudo de Montaña (MAM): la forma más común y la menos grave. Síntomas: dolor de cabeza (obligatorio para el diagnóstico), junto con al menos uno de los siguientes: náuseas o vómitos, fatiga, mareos o dificultad para dormir. El MAM simple se resuelve con reposo en la misma altitud o con descenso.
Edema Pulmonar de Altitud (EPAM): acumulación de líquido en los pulmones. Es mucho más grave. Síntomas: dificultad respiratoria incluso en reposo, tos seca o con esputo rosado, cianosis (labios azulados). Requiere descenso inmediato y puede ser mortal sin tratamiento.
Edema Cerebral de Altitud (ECAM): acumulación de líquido en el cerebro. Es la complicación más grave. Síntomas: confusión, ataxia (incapacidad para caminar en línea recta), alteración del nivel de conciencia. Requiere descenso inmediato y tratamiento médico urgente.
Reglas de oro para la aclimatación
“Sube lento, sube alto, duerme bajo”: el principio fundamental. Por encima de los 3.000 metros, no se debe ganar más de 300-500 metros de altitud de pernocta por día. Es habitual hacer días de rotación: subir hasta altitud mayor durante el día y volver a dormir más bajo para acelerar la aclimatación.
Hidratación: beber abundante agua (3-4 litros diarios en altitud) facilita la aclimatación. Evitar el alcohol y los sedantes, que deprimen la respiración durante el sueño y empeoran la oxigenación.
No forzar el ritmo: en altitud, el ritmo debe ser siempre más lento de lo que parece necesario. El dicho de los sherpas es elocuente: “slowly, slowly”. La prisa es el mayor factor de riesgo.
Medicación preventiva: el médico puede prescribir acetazolamida (Diamox) para facilitar la aclimatación. Actúa acelerando la compensación metabólica del organismo. Debe iniciarse 24 horas antes de la ascensión y no es un sustituto de la aclimatación progresiva.
Regla básica: ante la duda, desciende
En montaña existe una norma absoluta: si aparecen síntomas de mal de altura y no mejoran con reposo en 24 horas, hay que descender. Nunca se debe ascender con síntomas. El descenso de apenas 300-500 metros puede ser suficiente para que los síntomas remitan en pocas horas.
Los Cámara de Hiperbaric Portátil (bolsa Gamow) son un recurso de emergencia que simula un descenso de 1.500-2.500 metros sin moverse del campamento. Son herramientas de salvamento, no alternativas al descenso real.
La montaña siempre estará ahí. Un mal de altura ignorado puede no dejar una segunda oportunidad.