Los patios de Harrow: el accidente feliz
Hacia 1830, en el exclusivo internado de Harrow, en las afueras de Londres, los estudiantes que esperaban su turno para jugar al racquetball descubrieron algo curioso. Al golpear contra los muros desiguales del patio —con cañerías salientes, irregularidades en la piedra y rincones inesperados— la pelota blanda producía rebotes imposibles de anticipar, lo que hacía el juego mucho más dinámico e impredecible que la versión ortodoxa. La pelota se “aplastaba” (squashed) contra la pared con un sonido característico, y el nombre quedó fijado en la jerga escolar.
No fue una invención deliberada sino una adaptación feliz de las circunstancias. Los jóvenes de Harrow convirtieron sus patios en campo de juego improvisado y desarrollaron espontáneamente las primeras técnicas de lo que se convertiría en squash: el servicio contra la pared frontal, los ángulos, los tiros a los rincones. La pelota blanda —a diferencia de la pelota dura del squash de racquetball norteamericano, que se desarrollaría independientemente— era la clave del nuevo juego.
Primeras pistas y extensión a otras instituciones
El juego prosperó en Harrow con tanta intensidad que hacia 1864 el colegio construyó las primeras pistas cerradas específicamente diseñadas para el squash: cuatro canchas con paredes de ladrillo y dimensiones más o menos definidas, aunque sin estandarizar. Este paso de los patios informales a las instalaciones construidas ex profeso supuso el primer reconocimiento institucional del deporte.
La expansión siguió la red de relaciones sociales de la élite británica. Exalumnos de Harrow que ingresaban en las universidades de Oxford y Cambridge llevaron el juego consigo, y pronto los clubes privados de Londres empezaron a construir sus propias pistas. El Bath Club, fundado en 1894, fue uno de los primeros clubes londinenses en disponer de instalaciones de squash reconocidas. El deporte era, en esta fase, un privilegio de clase: accesible solo a quienes podían pagar la cuota de un club o estudiar en un internado de élite.
La exportación imperial: squash en el mundo anglosajón
El Imperio Británico fue el vehículo de expansión del squash durante el siglo XIX y principios del XX. Militares, funcionarios coloniales y comerciantes británicos llevaron el deporte a Egipto, India, Pakistán, Sudáfrica, Australia y Canadá. En cada destino, el squash se instaló primero en clubes privados frecuentados por la comunidad británica expatriada, para luego irradiarse hacia las élites locales.
Esta expansión colonial explicará un fenómeno aparentemente paradójico: durante décadas, las grandes potencias del squash no serían los países del norte de Europa, sino Egipto, Pakistán, Australia y Sudáfrica. Países que recibieron el deporte como herencia colonial y lo convirtieron en tradición propia, produciendo en el siglo XX los jugadores más brillantes de la historia.
La llegada a Norteamérica: una versión diferente
La llegada del squash a Norteamérica dio lugar a una peculiaridad histórica. Los primeros practicantes estadounidenses y canadienses adoptaron el juego pero modificaron las dimensiones de la pista y el tamaño de la pelota, dando lugar al llamado “squash norteamericano” o hardball squash, con una pelota más dura y una pista más estrecha. Durante décadas, esta variante coexistió con el squash internacional de pelota blanda, y no fue hasta finales del siglo XX cuando los países norteamericanos adoptaron definitivamente el estándar internacional.
Esta divergencia técnica reflejaba algo más profundo: el squash internacional y el squash norteamericano eran casi dos deportes distintos, con culturas, tradiciones competitivas y estilos de juego propios. La unificación tardía bajo las normas de la World Squash Federation (WSF) fue necesaria para que el deporte pudiera aspirar a convertirse en deporte olímpico, objetivo que sigue siendo una cuenta pendiente en el siglo XXI.