El squash tiene fama de ser uno de los deportes más intensos del mundo. No es una exageración: la combinación de una pelota que rebota en las cuatro paredes, la necesidad de cambiar de dirección constantemente y la velocidad a la que los jugadores de élite golpean hacen del squash un deporte que exige unas condiciones físicas y unos reflejos excepcionales. Entender la velocidad de la pelota es entender por qué el squash es tan extremo.
Las cifras reales de velocidad
A diferencia del bádminton, donde el récord de velocidad es ampliamente conocido y mediático, en el squash los datos precisos son menos documentados de manera oficial. Sin embargo, los estudios y mediciones con tecnología de alta velocidad han registrado golpes de élite que superan los 270 km/h en drives y golpes de ataque directo.
La velocidad media durante un intercambio en competición de alto nivel está en el rango de 150-200 km/h, con picos más altos en los golpes de ataque y velocidades menores en los golpes de toque o de precisión. La variedad de velocidades es en sí misma un elemento táctico: un jugador que solo golpea fuerte es más fácil de anticipar que uno que combina potencia con colocación y variación de ritmo.
El rebote en las paredes: la complejidad añadida
Lo que hace al squash único en términos de velocidad es que la pelota no solo viaja del punto A al punto B sino que puede rebotar en las paredes lateral, posterior y frontal antes de que el rival tenga que golpearla. Esto significa que el jugador no solo debe reaccionar a la velocidad del golpe, sino también calcular los ángulos de rebote y anticipar dónde llegará la pelota después de uno, dos o tres contactos con las paredes.
Esta dimensión espacial añadida hace que los tiempos de reacción en squash sean entre los más cortos de cualquier deporte de raqueta. En algunas situaciones, el jugador tiene menos de 0,3 segundos para reaccionar al golpe del rival y posicionarse correctamente.
La pelota de squash: un objeto diseñado para el dolor
Las pelotas de squash de competición (punto amarillo) son famosas por ser difíciles de usar para no iniciados: rebotan muy poco cuando están frías y requieren varios minutos de juego para calentarse y alcanzar su temperatura óptima, entre 45 y 50 grados Celsius. Una vez calientes, el rebote se activa y la velocidad del juego se dispara.
Esta propiedad tiene consecuencias para la seguridad: una pelota de squash que impacta en el ojo puede causar lesiones graves. Por eso la protección ocular es obligatoria en competiciones juveniles y recomendada en todas las categorías.
El squash como medida de condición física
La intensidad del squash no se mide solo en velocidad de la pelota sino en la exigencia física que impone a los jugadores. Numerosos estudios han colocado al squash en lo más alto de las clasificaciones de deportes exigentes desde el punto de vista cardiovascular. La combinación de sprints, cambios de dirección y golpes explosivos en un espacio reducido hace que el corazón de un jugador de squash trabaje a una intensidad que pocos deportes pueden igualar.
Esta exigencia física es también parte de la razón por la que los récords de condición física en el squash son tan impresionantes: Jahangir Khan podría mantener un ritmo de juego que agotaba a sus rivales porque su capacidad aeróbica y su tolerancia al lactato eran extraordinarias. La velocidad de la pelota y la velocidad del jugador son inseparables en el squash.