Los más lentos: cuando el tiempo no importa
En el universo competitivo del maratón de élite, donde los segundos separan campeones del olvido y los récords se mejoran en fracciones imposibles de percibir a simple vista, existe un contrapunto hermoso y poderoso: las historias de quienes llegan los últimos. Los que tardan horas donde otros tardan dos. Los que se caen y se levantan. Los que terminan solos, con el estadio casi vacío, sin cámaras y sin público. Estas historias, frecuentemente, son las más humanas de todas.
Shizo Kanakuri: el maratón de 54 años
La historia más extraordinaria de perseverancia en la historia del maratón comenzó en el verano de 1912 en Estocolmo, Suecia.
Shizo Kanakuri era uno de los mejores maratonistas de Japón, considerado candidato a medalla en los Juegos Olímpicos de Estocolmo 1912. El viaje desde Japón duró 18 días en barco y 10 días en tren a través de Rusia y Europa: un agotamiento previo que ya debería haber alertado.
El día del maratón, el 14 de julio de 1912, las temperaturas en Estocolmo alcanzaron los 32°C, una ola de calor inusual para Escandinavia. El recorrido era exigente, y los atletas caían uno tras otro. En el kilómetro 30 aproximadamente, Kanakuri se desplomó de calor y agotamiento. Una familia sueca que tenía su casa junto al recorrido le ofreció refugio, y el corredor japonés se quedó dormido en su jardín.
Cuando despertó, avergonzado por su debilidad percibida, tomó el primer tren de vuelta a Estocolmo y de allí partió hacia Japón sin comunicar su abandono a la organización olímpica. Las autoridades suecas le declararon desaparecido durante décadas.
En 1967, el comité olímpico sueco invitó a Kanakuri, entonces con 76 años, a regresar a Estocolmo para “completar” simbólicamente su carrera de 1912. El anciano japonés, emocionado, cruzó la meta de Estocolmo con la camiseta del equipo olímpico japonés.
Su tiempo oficial: 54 años, 8 meses, 6 días, 5 horas, 32 minutos y 20,3 segundos.
Kanakuri tenía sentido del humor sobre el asunto: “Fue un viaje muy largo. Por el camino me casé, tuve seis hijos y diez nietos.”
John Akhwari: el hombre que fue enviado a terminar
El 20 de octubre de 1968, en los Juegos Olímpicos de Ciudad de México, el estadio olímpico estaba casi vacío cuando una figura solitaria entró cojeando por la pista de atletismo. Era casi la medianoche. El campeón del maratón, el etíope Mamo Wolde, había cruzado la meta casi una hora antes. Los demás participantes hacía tiempo que habían terminado, algunos después de abandonar.
El corredor que entraba en el estadio era John Stephen Akhwari, de Tanzania. Se había caído durante la carrera, sufriendo heridas en la rodilla y el hombro. Los médicos querían que abandonara. Se negó.
Akhwari entró en el estadio con la pierna envuelta en vendas, cojeando visiblemente, con el dolor inscrito en cada zancada. Las pocas personas que quedaban en las gradas se pusieron de pie y comenzaron a aplaudir. La ovación fue creciendo a medida que el tanzano se acercaba a la meta.
Cuando terminó, en el lugar 57 y último, un periodista le preguntó por qué no había abandonado. La respuesta de Akhwari es una de las declaraciones más citadas en la historia del deporte:
“Mi país no me envió 11.000 kilómetros para empezar la carrera. Me envió para terminarla.”
Aquellas palabras, y la imagen del corredor solitario bajo las luces del estadio vacío, son más recordadas hoy que la victoria de Wolde. Akhwari perdió el maratón; ganó algo más grande.
Los últimos en cruzar la meta: el corazón del running popular
En cada gran maratón popular, cuando los ganadores llevan horas celebrando y los avituallamientos se están recogiendo, hay una caravana de corredores que siguen avanzando. Son los que tardan 5, 6 o 7 horas en completar los 42 kilómetros. Son los que corren con dolor de rodilla, con ampollas en ambos pies, con la mente pidiéndoles que paren.
En el Maratón de Nueva York, los organizadores mantienen el recorrido abierto hasta 8 horas después del inicio. En Boston, el límite oficial es de 6 horas. En los grandes maratones europeos, los últimos finishers cruzan la meta con honores, con el mismo arco de llegada y el mismo chip de cronometraje que los ganadores.
Hay algo profundamente igualitario y hermoso en esta tradición: el maratón es de los primeros, pero también de los últimos. La medalla de finisher vale lo mismo para quien tarda 2:10 que para quien tarda 6:10. El tiempo separa, pero la distancia une.