Junko Ishibashi nació el 22 de septiembre de 1939 en Miharu, una pequeña ciudad de la prefectura de Fukushima, en el norte de Japón. Era la quinta de siete hijos de una familia de clase media. De pequeña fue una niña enfermiza, débil y de baja estatura que nunca habría parecido destinada a la gloria alpina. La primera vez que fue a la montaña, con diez años, durante una excursión escolar al Monte Nasu, algo se encendió en ella que no se apagaría jamás.
Los inicios: el alpinismo como rebelión
Japón en los años 50 y 60 era una sociedad profundamente conservadora en lo que respecta a los roles de género. Las mujeres no hacían montañismo: la montaña era territorio de hombres. Tabei rechazó este esquema desde el principio.
En la universidad se unió al club de alpinismo y comenzó a escalar montañas japonesas con una determinación que compensaba con creces su pequeña estatura (medía 1,53 metros). Después de graduarse continuó escalando mientras trabajaba como secretaria y maestra. Casó con Masanobu Tabei, también alpinista, que apoyó sus proyectos alpinos.
En 1969 fundó el Ladies Climbing Club of Japan, el primer club de alpinismo exclusivamente femenino del país. Su declaración fundacional era un desafío directo al establishment alpino japonés: “No somos las asistentes de los alpinistas varones. Somos alpinistas”. El club organizó expediciones a montañas cada vez más ambiciosas.
El camino al Everest: obstáculos en tierra antes que en la montaña
La idea de una expedición femenina japonesa al Everest surgió en 1970. Los obstáculos no estaban en la montaña: estaban en los despachos de los potenciales patrocinadores. Empresa tras empresa rechazó financiar la expedición, con justificaciones que hoy resultan indignantes: que las mujeres no tenían fuerza suficiente, que debían estar en casa con sus hijos, que el fracaso daría mala imagen a Japón.
Tabei encontró patrocinadores alternativos: una revista de cocina, una empresa de cosméticos, pequeñas empresas. Ella misma dio clases de piano para financiar su parte. La expedición, finalmente, contó con quince mujeres y seis sherpas.
El alud y la cima: mayo de 1975
La expedición partió en la primavera de 1975. El 4 de mayo, con la mayoría del equipo durmiendo en el Campamento II a 6.300 metros de altitud, un alud de nieve sepultó parcialmente las tiendas a las 11:30 de la noche.
Tabei quedó enterrada bajo la nieve, inconsciente, durante varios minutos hasta que su sherpa Ang Tsering la desenterró. Tenía moratones en todo el cuerpo y no podía respirar con normalidad. El médico de la expedición le recomendó que descansara y no subiera.
Tabei no aceptó. Doce días después del alud, el 16 de mayo de 1975, Junko Tabei y Ang Tsering alcanzaron la cima del Everest. Era la primera mujer en la historia en hacerlo. En la cima, Tabei no lloró de emoción: estaba demasiado agotada y demasiado concentrada en el descenso seguro.
Los Siete Cumbres y una vida en la montaña
La conquista del Everest no fue el punto final de Tabei: fue el comienzo de un proyecto alpino más amplio. En 1992, dieciséis años después del Everest, completó los Siete Cumbres (la cima más alta de cada continente) siendo la primera mujer en lograrlo.
Su lista incluía montañas radicalmente diferentes entre sí: el Aconcagua en los Andes argentinos (6.961 m), el Denali en Alaska (6.194 m), el Kilimanjaro en Tanzania (5.895 m), el Elbrus en el Cáucaso ruso (5.642 m) y el Vinson en la Antártida (4.892 m).
En sus últimos años, Tabei combinó la alta montaña con el activismo medioambiental: fundó el Comité para el Medioambiente del Himalaya y se convirtió en una de las voces más activas denunciando la acumulación de basura en el Everest y el impacto del cambio climático en los glaciares himaláyicos.
El último capítulo
En 2012, Tabei fue diagnosticada de cáncer de ovario. Siguió escalando y trabajando en favor del medioambiente mientras la enfermedad avanzaba. En 2016, ya gravemente enferma, realizó su última escalada al Monte Akadake en Japón.
Junko Tabei murió el 20 de octubre de 2016, a los setenta y siete años. El legado que dejó no se mide en metros ni en cimas: se mide en la cantidad de mujeres que, gracias a ella, decidieron que las montañas también eran su lugar.